
Me llama la atención el que le tengamos miedo a todo. Socialmente, digo. Miedo del vecino (porque no sabes quién está al lado de tu puerta), de los transeúntes (porque más de alguno te puede asaltar), de la soledad (porque te hace vulnerable), de Internet (porque está lleno de depravados), de la oscuridad (porque no sabes a quién esconde)… y lo que ya es el colmo, ¡del teléfono!, porque te puede llamar un delincuente para estafarte. ¿Qué nos está pasando?
En las noticias, le han dado como bombo al tema de las estafas telefónicas. Hay una campaña de Carabineros, incluso, para evitarnos ser crédulos ante lo que escuchamos por el auricular. Nos llaman a desconfiar de la voz de un completo desconocido, como si nos fuera a contagiar el Ébola por el teléfono. “No dé información personal”, “no responda a números desconocidos”, “no crea en lo que le dicen”… me parece terrible, porque, primero, hay gente que cree historias insólitas y, segundo, porque efectivamente, la misma ingenuidad que ha hecho a la gente confiar, ahora la hace desconfiar. Si me preguntan a mí, le creo menos a las noticias que a los desconocidos telefónicos, principalmente porque los segundos no son tan inteligentes ni suspicaces como los que manejan la agenda pública. Huelga decir que los presos que llaman por celular son movidos por una codicia moderada, mientras que los delincuentes mediáticos y legitimados tienen una codicia ilimitada. Finalmente, la credulidad es la misma, sin importar si nos la piden por el teléfono o por el televisor.
Recuerdo que me llamaron dos veces para estafarme: la primera, me dijeron que el Buenos Días a Todos estaba haciendo un concurso con Entel PCS y Vodafone. Estaba en el colegio, en un recreo fumándome un pucho, cuando vi dos llamadas perdidas. Llamé de vuelta, y sale un sujeto extasiado diciéndome que me había ganado un premio (creo que un televisor de plasma) y que tenía que ir a Bellavista 0990 con todos los Entel Ticket que pudiera comprar. “Okey”, le respondí, y me hice la entusiasmada. Le pregunté su nombre y me cortó. Acto seguido, llamé a Entel, Claro y Telefónica, dando el número desde el que me habían llamado, para que lo bloquearan. La segunda, me llamaron a mi casa. Una voz me dice “Tía, tía…”, dije que no tenía sobrinos y el muy pelmazo me responde “Cómo que no tía, soy yo, su sobrino favorito”. Notable. Lo único que me pasó con eso fue un tremendo ataque de risa, que me hizo perder un par de minutos, pero nada más. No me dio Ébola.
Es cierto que, a modo de resguardo de la especie, el miedo es algo que nos ha permitido sobrevivir por miles de años. Es algo que, al generar adrenalina, nos permite reaccionar rápidamente para escapar de alguna amenaza inmediata. Pero no entiendo cómo este miedo pasivo nos permite sobrevivir, cómo es que evolucionamos temiendo a los otros miembros de la especie. Cuando a los seres humanos se nos ocurrió vivir en sociedad, hicimos (y aquí me pongo russeauniana) un contrato. Eso implica confianza y desconfianza. La primera, porque confiamos en que el otro no nos va a perjudicar. La segunda, entonces, está incluida en la primera (Pelao luego podrá decir que estoy escribiendo huevadas, pero así es como yo lo entiendo). Entonces, si nuestro sistema social ha ido evolucionando, ¿cómo es que estos dos componentes -la confianza y la desconfianza- evolucionan de forma dispareja?
Pienso en cómo la falta de información respecto a nuestros más cercanos nos hace creer lo increíble. Si las nanas que han caído en estas estafas han entregado todo lo que les han pedido, ha sido porque no ha habido una comunicación fluida con la familia de la casa en que trabaja. Si algún pariente ha caído también, es porque no se comunica con sus familiares. Por ejemplo, a mí me sería imposible creer que mi mamá me mandó un taxi a la casa para que la vayamos a buscar a la posta. O que Pelao atropelló a alguien y se dio a la fuga. ¡Imposible! Y sé esas cosas porque los conozco. Si me preocupo de conocer a mis vecinos, perderé el miedo a ellos; si conozco mi barrio, me sentiré segura en él…
Con esto, quiero concluir que no es nuestra credulidad la que nos condena a ser engañados, sino que es nuestra falta de comunicación con los otros lo que nos lleva a ser blancos fáciles de los delincuentes, ya sea que nos llamen desde una cárcel o desde un estudio televisivo perfectamente adornado.







