Función emotiva

… el recuento subterráneo.

Pensamientos arremolinados sobre el temor 8 Octubre 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 10:43 AM
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Temor

Me llama la atención el que le tengamos miedo a todo. Socialmente, digo. Miedo del vecino (porque no sabes quién está al lado de tu puerta), de los transeúntes (porque más de alguno te puede asaltar), de la soledad (porque te hace vulnerable), de Internet (porque está lleno de depravados), de la oscuridad (porque no sabes a quién esconde)… y lo que ya es el colmo, ¡del teléfono!, porque te puede llamar un delincuente para estafarte. ¿Qué nos está pasando?

En las noticias, le han dado como bombo al tema de las estafas telefónicas. Hay una campaña de Carabineros, incluso, para evitarnos ser crédulos ante lo que escuchamos por el auricular. Nos llaman a desconfiar de la voz de un completo desconocido, como si nos fuera a contagiar el Ébola por el teléfono. “No dé información personal”, “no responda a números desconocidos”, “no crea en lo que le dicen”… me parece terrible, porque, primero, hay gente que cree historias insólitas y, segundo, porque efectivamente, la misma ingenuidad que ha hecho a la gente confiar, ahora la hace desconfiar. Si me preguntan a mí, le creo menos a las noticias que a los desconocidos telefónicos, principalmente porque los segundos no son tan inteligentes ni suspicaces como los que manejan la agenda pública. Huelga decir que los presos que llaman por celular son movidos por una codicia moderada, mientras que los delincuentes mediáticos y legitimados tienen una codicia ilimitada. Finalmente, la credulidad es la misma, sin importar si nos la piden por el teléfono o por el televisor.

Recuerdo que me llamaron dos veces para estafarme: la primera, me dijeron que el Buenos Días a Todos estaba haciendo un concurso con Entel PCS y Vodafone. Estaba en el colegio, en un recreo fumándome un pucho, cuando vi dos llamadas perdidas. Llamé de vuelta, y sale un sujeto extasiado diciéndome que me había ganado un premio (creo que un televisor de plasma) y que tenía que ir a Bellavista 0990 con todos los Entel Ticket que pudiera comprar. “Okey”, le respondí, y me hice la entusiasmada. Le pregunté su nombre y me cortó. Acto seguido, llamé a Entel, Claro y Telefónica, dando el número desde el que me habían llamado, para que lo bloquearan. La segunda, me llamaron a mi casa. Una voz me dice “Tía, tía…”, dije que no tenía sobrinos y el muy pelmazo me responde “Cómo que no tía, soy yo, su sobrino favorito”. Notable. Lo único que me pasó con eso fue un tremendo ataque de risa, que me hizo perder un par de minutos, pero nada más. No me dio Ébola.

Es cierto que, a modo de resguardo de la especie, el miedo es algo que nos ha permitido sobrevivir por miles de años. Es algo que, al generar adrenalina, nos permite reaccionar rápidamente para escapar de alguna amenaza inmediata. Pero no entiendo cómo este miedo pasivo nos permite sobrevivir, cómo es que evolucionamos temiendo a los otros miembros de la especie. Cuando a los seres humanos se nos ocurrió vivir en sociedad, hicimos (y aquí me pongo russeauniana) un contrato. Eso implica confianza y desconfianza. La primera, porque confiamos en que el otro no nos va a perjudicar. La segunda, entonces, está incluida en la primera (Pelao luego podrá decir que estoy escribiendo huevadas, pero así es como yo lo entiendo). Entonces, si nuestro sistema social ha ido evolucionando, ¿cómo es que estos dos componentes -la confianza y la desconfianza- evolucionan de forma dispareja?

Pienso en cómo la falta de información respecto a nuestros más cercanos nos hace creer lo increíble. Si las nanas que han caído en estas estafas han entregado todo lo que les han pedido, ha sido porque no ha habido una comunicación fluida con la familia de la casa en que trabaja. Si algún pariente ha caído también, es porque no se comunica con sus familiares. Por ejemplo, a mí me sería imposible creer que mi mamá me mandó un taxi a la casa para que la vayamos a buscar a la posta. O que Pelao atropelló a alguien y se dio a la fuga. ¡Imposible! Y sé esas cosas porque los conozco. Si me preocupo de conocer a mis vecinos, perderé el miedo a ellos; si conozco mi barrio, me sentiré segura en él…

Con esto, quiero concluir que no es nuestra credulidad la que nos condena a ser engañados, sino que es nuestra falta de comunicación con los otros lo que nos lleva a ser blancos fáciles de los delincuentes, ya sea que nos llamen desde una cárcel o desde un estudio televisivo perfectamente adornado.

 

¿¡Bailamos!? 31 Julio 2009

Archivado en: Vida de barrio — Karen @ 5:07 PM
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No sé por qué no había escrito que hace 5 meses que, con el Pelao, estamos tomando clases de salsa. A lo mejor me daba plancha contarlo, o tal vez se ha vuelto una parte tan natural de nuestra rutina que no valía la pena mencionarlo. Chistoso, igual, porque nos encanta ir a salsa. Y a pesar de lo que ustedes, lectores mal pensados, puedan creer, yo NO obligo a mi pobre marido a ir. Tampoco lo arrastro por el par de cuadras que separan nuestro depto del local de salsa. Increíble, pero cierto. Mi Pelao se ha vuelto un salsero.

Lo más divertido de este tipo de cosas es que uno jura que lo está haciendo bien, cuando, en realidad, uno se ve de lo más ridículo: mirando el suelo para no tropezarse, o las manos para no chocar… o haciendo cualquiera de esos movimientos involuntarios para salvaguardar la honra, aunque, en realidad, el efecto es rotundamente contrario. 

En todo caso, el hecho de que ahora podamos bailar un poquitín de salsa sin tropezarnos, fracturarnos, rodar por el suelo ni golpear a nadie, indica que cualquier mortal puede ir aprendiendo… incluso los más descordinados, o los menos “salseros tropicalones”, como nosotros. Vaya quiebre paradigmático.

 

Arroz con huevo 8 Julio 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 9:07 PM
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PD: Si estoy redactando mal, es porque el burócrata perfeccionista que vive en mi hemisferio izquierdo también se agripó.

Si estoy redactando mal, es porque el burócrata perfeccionista que vive en mi hemisferio izquierdo también se agripó.

En mi casa suele ocurrir que no hay comida. Al menos, no hay comida sana. Siempre hay mayonesa, por ejemplo, pero no hay nada para echársela. Lo que siempre nos salva a fin de mes es el arroz con huevo. Si alguien visita mi casa durante los últimos 8 ó 9 días del mes, descubrirá que, además de ser rutinarios para comer, somos raros para cocinar: damos vuelta los huevos fritos.

Comprenderán que, después de tanto tiempo juntos, el arroz con huevo se ha vuelto parte de los cientos de ritos cotidianos. Como revisar el mail, trancar la puerta, alimentar al perro, medicamentar al gato y ver las noticias.

Como pasamos la mayor parte de nuestro día fuera de la casa, esos ritos y manías pasan desapercibidos en el ajetreo diario: son funcionales, mecánicos y están bien arraigados en nuestra memoria a corto plazo. La verdad es que no me doy ni cuenta cuando estoy repitiendo mecánicamente las acciones diarias de rigor: huevo en sartén, arroz en el microondas, cepillo de dientes, tranca en la puerta… “A hacer pichí y a acostarse”, decía mi abuela. Sin embargo, lo cierto es que, cuando uno deja sus actividades diarias y permanece en el hogar, el cotidiano y su ritmo se vuelven insoportables.

Echaba mucho de menos estar en mi casa, pero ahora que de nuevo estoy con licencia por loca y, más encima, estoy agripada, debo confesar que ya no soporto el arroz con huevo.

 

La María no quiere ver 11 Junio 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 1:26 PM
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Primero que todo, me confieso feliz de que mi tendinitis haya cedido. Bueno, no del todo, pero al menos estoy autorizada para usar esta extensión de mis manos (y de mi mente), que es el teclado. Resulta que el jueves pasado me dio por pasar una base de datos gigante a Excel. Luego, el viernes se me ocurrió hacer una clase “de plumón y pizarra” en Enac (pizarra alta, profe baja… mala combinación). El sábado me voluntarié para pelar tomates con un cuchillo de juguete (bueno, no de juguete, pero casi). Resultado: domingo del terror con una tendinitis grosera en el brazo derecho. Eso me pasa por botarme a chora. Hoy, el doctor me dijo que ya estoy bien, pero que debo seguir con la cremita mágica y usando muñequera en mis ratos libres, para no sobreexigir mi bracito malo. Bien por ese lado. Lo latero es que, de pasadita, me detectó pie plano. Así que, igual que en mis tiernos días de infancia, debo usar plantillas. Mal por ese lado.

Mientras pateaba la perra en mi casa, instalando Dragon para poder dictarle a mi computador y no asumir del todo mi incompetencia, a Gregorio Samsa le dio por arreglar su departamento. Llevo 4 eternos días escuchando cómo le dan con un combo a las murallas, cómo insisten en taladrar paredes que parecen no ceder, cómo me vuelven loca con todo el ruido que hay en mi casa. Sin poder dormir hasta pasadas las 10:00 (un horario bastante holgazán, por lo demás), me he hecho adicta al matinal. Entre que dan el resumen de la teleserie y me dicen cómo estará mi semana, o me recomiendan el mejor look para buscar trabajo, o me dan recetas ingeniosas y ricas, se me han pasado estas mañanas pegada a la tele. Así fue como me enteré de que estaban haciendo la reconstitución de la escena del asesinato de Diego Schmidt-Hebbel (siempre he pensado que si el muerto hubiese sido uno de los peruanos que viven al lado, esto jamás hubiera salido en las noticias… pero bueno). No aguanté la curiosidad.

Haciendo gala de una falta de pudor increíble, salté de la cama, me puse mis pantalones artesanales y, chascona y hediondita, agarré del cuello al pobre Joaquín y salimos a matarnos de frío. Haciéndome la niña alternativa y desentendida, le pregunté a unas completas desconocidas que fumaban en la esquina (¡a esa hora!) qué era lo que estaba ocurriendo. Una multitud bloqueaba mi espectro visual. El tráfico estaba cortado, y una alta torre blanca se erguía desde el restaurant del frente. Todos luchaban (o luchábamos) por ser protagonistas de algo que, en nuestra mente social inmediatista y vulgar, era prácticamente histórico. Me pregunto si Manuel Rodríguez habrá tenido esa conciencia de que él era, en efecto e infinitamente más que nosotros, protagonista de algo histórico.

Entre periodistas, criminales, gendarmes, cajeras, víctimas, meseros, taxistas, profesores, dueñas de casa y locas con perros, se conformaba una masa compacta pero heterogénea. Creo que Luis Dimas (otro de mis vecinos dejados de la mano de la cordura), incluso, grabó la reconstitución de la escena. Francamente, me dio vergüenza. No por mi pinta matutina (espero jamás convertirme en una de esas personas que saca sus mejores pilchas y se amonona, porque puede salir en la tele), sino porque era el morbo y la falta de empatía lo que nos convocaba a todos en esa esquina, esa mañana. Nos importaba más, según creo, nuestro protagonismo imaginario, que el valor humano de lo que allí ocurría: el padre de la víctima sufría. El victimario, también. Los involucrados recordaban, a través de ese mediático hecho, el dolor de perder, no solo a un hijo o una pareja, sino la estabilidad de sus vidas. Por eso, tal vez, fue que mi vecina más loca, la Quintrala, no quiso salir del furgón donde estaba. Era ese dolor, que ella causó, lo que la María no quería ver.

No la culpo. Yo tampoco quise. Con Joaquín nos hicimos, nuevamente, los indiferentes y, ocultando nuestra vergüenza (propia y ajena), cruzamos por el supermercado hacia el Parque Bustamante. Tal vez así pudiéramos omitir mi remordimiento de conciencia por haberme hecho parte, aunque fuera por un par de segundos, del absurdo egocentrismo colectivo.

 

Gregorio Samsa 4 Junio 2009

Archivado en: Vida de barrio — Karen @ 7:04 PM
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¿Y si no nos damos cuenta de que despertó convertido en cucaracha?

¿Y si no nos damos cuenta de que despertó convertido en cucaracha?

Creo que ha llegado el momento de que les hable sobre mi vecino. Cuando llegamos a habitar nuestra humilde morada, descubrimos que teníamos un solo vecino en el piso. Y nos sentimos muy confiados cuando nos dijo que él era el administrador, así que, si teníamos dudas sobre los gastos comunes, las llaves del medidor o cualquier otra cosa, podíamos conversar con él. Fantástico. Fue una agradable bienvenida.

Un día quisimos contactarlo, para pedirle disculpas, ya que nuestro gato, Carloto, había hecho pipí sobre su entonces mustia planta (la que murió como una semana después, pero preferimos pensar que murió a causa de la falta de sol u otra cosa). Y no pudimos encontrarlo.

Era verano y, mientras nosotros acomodábamos nuestros cachibaches y pasábamos el tiempo cocinando cosas ricas y viendo TV, sentíamos cómo la puerta de en frente se abría y se cerraba a las horas más insólitas del día. Ahí nació el misterio sobre nuestro vecino. Analicemos: es un hombre maduro que, aparentemente, vive solo. Se encarga de administrar los gastos comunes. Sale a horas extrañas. Pasa mucho tiempo fuera de su casa… Pelao no se aguantó y un día, mientras él redactaba nuestro recibo del mes, le preguntó a qué se dedicaba. No fui testigo de esta conversación, de modo que la poca información que tengo es de segunda mano. Pelao me dijo que nuestro vecino era algo así como un vendedor viajero.

Al igual que el protagonista de “La Metamorfosis”, supusimos que, si cualquier día nuestro vecino despierta convertido en cucaracha, nadie, nunca jamás, se daría cuenta. Bueno, además está la relación obvia: mi vecino y Gregorio son colegas en el oficio de la venta puerta a puerta.

Sinceramente, dudo que esa sea su verdadera profesión. Pero el sobrenombre quedó. Obviamente, nuestro vecino no se llama Gregorio ni se apellida Samsa, pero le decimos así porque, además, nos tardamos mucho menos en asignarle un sobrenombre que en aprendernos su verdadero nombre. Qué malulos que somos.

 

La loca de los perros 17 Mayo 2009

Archivado en: Vida de barrio — Karen @ 11:02 PM
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Como saben, vivo muy cerca del Parque Bustamante. Saco a pasear (casi)todos los días a mi perro, Joaquín. Es un espectáculo: figuro yo, a las siete de la mañana, con mi peor cara de somnolencia, el pelo desordenado, lentes de sol, pantalones artesanales chillones, un polerón y una gran bufanda, a un perro amarrada, cuya característica más notoria es que mea con ambas patas en el aire. Así es, Joaquín hace la rueda y, a ratos, la posición invertida.

Caminamos por la calle donde vivo hasta empalmar con Rancagua. De ahí, enfilamos (más él que yo, a decir verdad) hacia el Parque. Estamos siempre un buen rato paseando. Aprovecho de respirar hondo, ver caer las hojas de los árboles (lo que es bellísimo, a pesar de la atmósfera melancólica que emana), escuchar música, pensar, leer… en fin. La gente nos mira y nos sonríe (o se ríe de nosotros) al cruzarnos en su camino. Tal vez piensan en lo loca que está esa pobre sujeta que pasea al perro a esas horas de la mañana, vestida como mamarracho.

Una de esas mañanas íbamos llegando a nuestro hogar, cuando Joaquín decide hacer nuevos amigos. Una mujer, de treinta-y-muchos o cuarenta-y-pocos, paseaba a una perrita. Mi perro, coqueto, mueve la cola y olfatea. Ella, arisca, le gruñe. Mientras eso ocurre, la mujer comenta que, al igual que yo, recogió a su perra de la calle. Bien, una mujer empática. La cosa se pone rara cuando mi vecina confiesa que vive con ocho perros más, en un departamento de tamaño regular (“acogedor”, diría el aviso del periódico), que los recoge, los esteriliza y les busca dueño por su cuenta.

Las semanas transcurren y, a la hora que saliera, me encontraba con mi gentil y locuaz vecina. Los paseos se alargaban, dados sus relatos interminables de cómo el amor hace superar cualquier enfermedad canina. Al comentarle la anécdota a mi marido, él, creativo y mordaz, la bautizó como “la loca de los perros”, haciendo siempre la salvedad de que, aunque el sobrenombre me vendría de cajón, a ella le va más que a mí. Cierto. Yo todavía no he recogido tantos…

Resulta que, como salgo mucho, mi pobre Juaco queda solito y encerrado. Mi papá, chocho, viene por las tardes a sacarlo a pasear. Por supuesto, se encontró con mi vecina y, como ha de esperarse en un hombre como mi padre, entabló largas conversaciones con ella. Una noche, decide confesarlo: yo seré también la loca de los perros. Al preguntarle por qué, dice que ella no es solo la vecina con la que comparto eso de andar recogiendo animales, sino que, además, es mi colega. La loca de los perros es profesora de Lenguaje. ¡Por la cresta! ¿O sea que cuando yo tenga su edad…?