Hace tiempo que no escribo. Y cada vez que dejo de hacerlo, lo echo de menos, como si relatarme a mí misma la vida me sirviera para comprenderla. Pero no. Hay algunas cosas que no hay caso con intentar entender: siempre viene el factor sorpresa que me desarma el mono.
Desde chica, me crié viviendo con hombres como pares. Y cómo no, si fue mi papá el encargado de darme los conocimientos fundamentales para la supervivencia urbana: abrocharme los zapatos, andar en bicicleta y tomar micro. Lo de la cocina lo fui aprendiendo en el camino, mientras jugaba con masa de sopaipillas en el invierno como si fuera plasticina, o cuando miraba a mi mamá haciendo el almuerzo los domingos, intentando ayudarla con mis habilidades rudimentarias y mi motricidad fina en desarrollo. Pero jamás aprendí de mis padres eso de la relación tradicional entre hombres y mujeres, nunca vi la orden irrevocable con obediencia sumisa, tan común en las parejas de antaño. Tampoco presencié eso del hombre proveedor y la mujer dueña de casa; al contrario: siempre fue mi madre la trabajadora y mi padre, el guardián (cancerbero, en realidad) de mis tareas escolares.
Así las cosas, me cuesta entender que, en un contexto laboral supuestamente intelectual y moderno, donde las competencias profesionales de todos valen por igual, se haga diferencias sutiles de género. Sutiles, porque están arraigadas en las conductas de las personas y no se explicitan con mala intención. Eso no las hace menos terribles para esta receptora pseudo-feminista, obligada a agachar el moño ante algunos actos de amenaza a la imagen (negativa y positiva) perfectamente adecuados a un contexto jerárquico donde, pareciera, estoy cada vez más abajo, cada vez más cerca del paquete de cabritas.
Entonces, cuando alguien me pide un café mientras estoy ocupada en mis tareas profesionales, me parece anacrónico. Una cosa es que yo lo prepare para mí y les ofrezca a mis compañeros de trabajo una taza. Otra muy distinta es que se me interrumpa para solicitársemela. Al principio, no me molestó. Pensé que, en realidad, no me costaba nada y siempre es posible recibir las atenciones que prodiga uno que otro compañero, como la apertura de la puerta o la ayuda con los bolsos, de modo que se aplicaba la lógica del “hoy por ti, mañana por mí”, seguimos todos amigos y seguimos siendo iguales. Pero no. Aquí viene la sorpresa que me desarmó el mono. Cuando le llevo la taza de café a mi compañero, me pregunta, molesto, por qué no le corté el café. Respondí que no había leche y él, frustrado, se levanta de la silla a buscar algún tipo de sucedáneo lácteo que se había acabado meses atrás, como si yo fuera la culpable de su malestar y, peor aun, ¡como si no hubiese hecho bien mi trabajo! “Bueno” -pensé. “En mi contrato no está especificado que tengo que servir café, así que no tengo por qué aguantar esta pataleta, harto básica por lo demás”. Pero mi consuelo mental no sirvió de mucho. Relato este hecho porque fue la gota que rebalsó mi vaso feminista. Hubo también otras actitudes marcadamente sexistas por parte de otros integrantes del grupo laboral del terror; de hecho, esta fue la más trivial (y por eso la cuento acá). Lo complejo es que otras personas también notaron el sesgo en el trato, pero siguió pasando desapercibido para quienes lo manifiestan. Es una lata que no lo noten, dado que, si no se percibe un problema, no hay forma de poder arreglarlo.
De todas maneras, hay otras actitudes de solidaridad y compañerismo que se agradecen mucho, y que jamás podría desdeñar. Tuve también una sorpresa grata de otro compañero de trabajo esta semana, que me sacudió algunos prejuicios sobre él que me rondaban en el lado poco amable del cerebro. Y, por lo demás, me agrada poder dialogar con gente que piensa tan distinto, sobre todo, respecto a temas políticos, porque, entre charla y charla, se puede ir conociendo a los otros y empatizando con ellos. Tampoco hace nada de mal compartir con personas con cursos académicos y profesionales radicalmente distintos al mío, dado que eso contribuye a la amplitud de miradas frente a la realidad.
Nótese que intento mirar el vaso medio lleno, porque aunque escribo y escribo, sigo perpleja ante el recuerdo de una boca prepotente que, con un gesto de molestia, preguntaba “¿Y por qué no me lo cortaste?”
Sin palabras…
Ojo, que no fui yo el del café— ámote mi amor : )
Obviamente no podía ser Pelao, a la hora que le dice algo así a la Karen la cabra shica’e pacotilla le ensarta la broca en la tacita de café sin cortar…
Me parece terrible tu experiencia, pero muy natural considerando el estado de cosas del mundo. Yo tuve con mi marido una discusión el otro día a propósito de un tema similar porque me tiro la talla de que no le había lavado un polerón X… sentí todo el machismo del mundo en mi rostro y el pobre Jean se deshacía en disculpas en medio de mis reclamos de defensa de género. No queda más que seguir en la lucha, compañera!!!
jajajaja
Besos
Al menos tu marido te pide disculpas. Acá la cosa anda más naturalizada. Un abrazo