Hace semanas que tengo problemas para dormir… y para despertar. No es que me cueste conciliar el sueño; al contrario: pongo la cabeza en la almohada y buenas noches los pastores. Sin embargo, tengo sueños muy vívidos (casi reales, si no fuera por algunos espacios laberínticos y sucesos extraordinarios) y hay algunos que llamaron especialmente mi atención.
Hace dos noches que, en mis sueños, hay un gusano. Sí: un gusano. No gusanillos de podredumbre en enjambres confusos. Ni siquiera ciempiés relativamente simpáticos, peludos y rápidos, tipo “una cuncuna amarilla”. Es un solo gusano, tipo lombriz, que se arrastra, es viscoso y feo. La primera vez que apareció en mis sueños era muy pequeño, negro, parecido a un residuo mugriento de Stick Fix. El otro era algo más largo, verde con amarillo, café y negro. Uno estaba en mi dedo y yo se lo trataba de pegar a Pelao en la parka negra que usa siempre, en el brazo derecho. El otro estaba en el techo de la ducha de mi casa (mientras me duchaba en el sueño, miraba hacia arriba y ahí estaba, moviéndose asquerosamente).
Lo otro que me llamó la atención de mis sueños con gusanos es que se situaban en lugares que han sido visitados con mis papás en las vacaciones. Además, eran espacios especialmente significativos para mí: Quintero, Isla de Pascua e Icalma. Raro. En el segundo sueño, de Icalma-Isla de Pascua (ahí me di cuenta de que era un sueño), estábamos vacacionando los cuatro (papá, mamá, Pelao y yo), subiendo unos cerros icalmeños con un guía y con la típica compañera de tour, medio jugosa, sola, independiente y acelerada. Una vez que habíamos recorrido unos caminos cruzando cerros llenos de araucarias, con niebla y frío, llegábamos a una playa que, oh, era la caleta de pescadores de la plaza Hotu Matúa de Rapa Nui. No pasaba nada realmente extraordinario, salvo que la ducha del hotel era la ducha de mi casa y he ahí el gusano.
El otro sueño se ubicaba en Quintero. Ahora nos acompañaba Joaquín, mi perro. Caminábamos por una vereda de sus calles empolvadas y llegábamos a la intersección con una calle pavimentada. Joaquín salía corriendo y yo lo perseguía, angustiada, porque lo podían atropellar. Efectivamente lo atropellaban, pero no le pasaba na
da grave; ni siquiera lloraba ni gemía… nada. La única que lloraba y gritaba era yo. De ahí, no sé cómo, llegábamos al metro (nuevamente, me daba cuenta de que era un sueño), pero esta estación de metro era realmente un aeropuerto. Pasábamos por los cuentapersonas y llegábamos a un gran terreno, rodeado de cerros pequeños, donde había una especie de multicancha enorme en la que la gente esperaba su vuelo haciendo interminables filas. Algo me incomodaba. De pronto, vi pasar un avión a baja altura, tambaleándose. Se estrellaba contra el suelo a lo lejos y veíamos el fuego y el humo. Me invadía el miedo y le pedía a Pelao que saliéramos de ahí, hacia unos terrenos que estaban al lado, con pasto por todas partes, pero cercados con alambre y postes de madera (el espacio era rural, y contrastaba con lo urbano y aglomerado de este aeropuerto extraño). Pelao se negaba, pero yo insistía. Cuando él comenzó a caminar hacia los terrenos con pasto, llegó una avioneta al aeropuerto y se estrelló a unos 50 metros de nosotros. El fuego casi lo alcanzaba, pero lográbamos apurarnos, sin angustia ni nerviosismo, para llegar a los terrenos.
Caminábamos por un sendero de tierra que estaba en medio de dos terrenos cercados, y yo intentaba ingresar a uno de ellos abriendo los alambres de la cerca. Por más que intentaba, no podía cruzar el cerco. Pelao me miraba desde fuera, como esperando que recapacitara. Cuando me volví a reunir con él, que estaba a un par de metros de mí, siento algo viscoso en el dedo índice de mi mano izquierda. Era el mentado gusano, que intenté pegar en su brazo. Él se reía y me decía, en un tono muy familiar, que era una alharaca, y que el gusano no me haría nada, a lo que yo respondía que me daba asco.
No tengo idea de si mis sueños marcianos tendrán un significado especial, pero lo cierto es que esta noche espero soñar con alguna otra cosa. Si hay animales, ojalá que sea algo cuadrúpedo, tierno y amigable. Si hay aviones, espero que lleguen sanos y salvos a destino, y, si vuelvo a salir de vacaciones en el mundo de Morfeo, espero que sean placenteras y relajantes, como las que espero tener pronto en el mundo real.


