Función emotiva

… el recuento subterráneo.

Sueños 25 Junio 2009

Archivado en: De patio, Piedra en el zapato — Karen @ 12:01 AM
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Hace semanas que tengo problemas para dormir… y para despertar. No es que me cueste conciliar el sueño; al contrario: pongo la cabeza en la almohada y buenas noches los pastores. Sin embargo, tengo sueños muy vívidos (casi reales, si no fuera por algunos espacios laberínticos y sucesos extraordinarios) y hay algunos que llamaron especialmente mi atención.

Bosque araucariasHace dos noches que, en mis sueños, hay un gusano. Sí: un gusano. No gusanillos de podredumbre en enjambres confusos. Ni siquiera ciempiés relativamente simpáticos, peludos y rápidos, tipo “una cuncuna amarilla”. Es un solo gusano, tipo lombriz, que se arrastra, es viscoso y feo. La primera vez que apareció en mis sueños era muy pequeño, negro, parecido a un residuo mugriento de Stick Fix. El otro era algo más largo, verde con amarillo, café y negro. Uno estaba en mi dedo y yo se lo trataba de pegar a Pelao en la parka negra que usa siempre, en el brazo derecho. El otro estaba en el techo de la ducha de mi casa (mientras me duchaba en el sueño, miraba hacia arriba y ahí estaba, moviéndose asquerosamente).

Lo otro que me llamó la atención de mis sueños con gusanos es que se situaban en lugares que han sido visitados con mis papás en las vacaciones. Además, eran espacios especialmente significativos para mí: Quintero, Isla de Pascua e Icalma. Raro. En el segundo sueño, de Icalma-Isla de Pascua (ahí me di cuenta de que era un sueño), estábamos vacacionando los cuatro (papá, mamá, Pelao y yo), subiendo unos cerros icalmeños con un guía y con la típica compañera de tour, medio jugosa, sola, independiente y acelerada. Una vez que habíamos recorrido unos caminos cruzando cerros llenos de araucarias, con niebla y frío, llegábamos a una playa que, oh, era la caleta de pescadores de la plaza Hotu Matúa de Rapa Nui. No pasaba nada realmente extraordinario, salvo que la ducha del hotel era la ducha de mi casa y he ahí el gusano.

El otro sueño se ubicaba en Quintero. Ahora nos acompañaba Joaquín, mi perro. Caminábamos por una vereda de sus calles empolvadas y llegábamos a la intersección con una calle pavimentada. Joaquín salía corriendo y yo lo perseguía, angustiada, porque lo podían atropellar. Efectivamente lo atropellaban, pero no le pasaba naQuinteroda grave; ni siquiera lloraba ni gemía… nada. La única que lloraba y gritaba era yo. De ahí, no sé cómo, llegábamos al metro (nuevamente, me daba cuenta de que era un sueño), pero esta estación de metro era realmente un aeropuerto. Pasábamos por los cuentapersonas y llegábamos a un gran terreno, rodeado de cerros pequeños, donde había una especie de multicancha enorme en la que la gente esperaba su vuelo haciendo interminables filas. Algo me incomodaba. De pronto, vi pasar un avión a baja altura, tambaleándose. Se estrellaba contra el suelo a lo lejos y veíamos el fuego y el humo. Me invadía el miedo y le pedía a Pelao que saliéramos de ahí, hacia unos terrenos que estaban al lado, con pasto por todas partes, pero cercados con alambre y postes de madera (el espacio era rural, y contrastaba con lo urbano y aglomerado de este aeropuerto extraño). Pelao se negaba, pero yo insistía. Cuando él comenzó a caminar hacia los terrenos con pasto, llegó una avioneta al aeropuerto y se estrelló a unos 50 metros de nosotros. El fuego casi lo alcanzaba, pero lográbamos apurarnos, sin angustia ni nerviosismo, para llegar a los terrenos.

Caminábamos por un sendero de tierra que estaba en medio de dos terrenos cercados, y yo intentaba ingresar a uno de ellos abriendo los alambres de la cerca. Por más que intentaba, no podía cruzar el cerco. Pelao me miraba desde fuera, como esperando que recapacitara. Cuando me volví a reunir con él, que estaba a un par de metros de mí, siento algo viscoso en el dedo índice de mi mano izquierda. Era el mentado gusano, que intenté pegar en su brazo. Él se reía y me decía, en un tono muy familiar, que era una alharaca, y que el gusano no me haría nada, a lo que yo respondía que me daba asco.

Plaza Hotu MatúaNo tengo idea de si mis sueños marcianos tendrán un significado especial, pero lo cierto es que esta noche espero soñar con alguna otra cosa. Si hay animales, ojalá que sea algo cuadrúpedo, tierno y amigable. Si hay aviones, espero que lleguen sanos y salvos a destino, y, si vuelvo a salir de vacaciones en el mundo de Morfeo, espero que sean placenteras y relajantes, como las que espero tener pronto en el mundo real.

 

La loca de los gatos (pensamientos arremolinados sobre el amor) 19 Junio 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 3:19 PM
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Eleanor AbernathyMaría Cristina Gaete. Ese es el nombre de una psicóloga (que también vive en Providencia… ¿qué onda mis vecinos?) que decidió irse a dormir a la cárcel, antes de pagar una multa o deshacerse de sus gatas. No pude evitar relacionarla, guardando las proporciones del caso y de la ironía, con Eleanor Abernathy, la brillante médico de Harvard y abogada de Yale, también conocida como “La loca de los gatos”.

No quiero ofender a la señora Gaete. De hecho, considero muy loable su protesta ante la prohibición de tener mascotas en departamentos. Pero la relación entre la mujer y el personaje es evidente: ambas son profesionales; las dos tienen predilección por hacerse acompañar de felinos, ambas son mayores de 60, y… ambas están solas. Debe ser que la soledad nos conduce a humanizar entes, asignarles nombre, identidad, carácter y, en consecuencia, un rol protagónico en nuestras vidas. No pretendo con estas afirmaciones hacer psicología de mall, solo quiero convenir en una cosa: si bien los animales pueden tener un rol importante en nuestras vidas, no deben tener el rol protagónico.

Nótese que lo digo yo: una fan de su perro y de su gato. Lo importante, creo, es poner el límite entre el amor por el otro (la mascota, la pareja, la familia, el trabajo, etc.) y el amor propio. Me refiero ahora a esta necesidad que todos sentimos de amar a otro, ya sea una persona, un animal, una planta, un trabajo, un auto… en fin.

El rol protagónico debería tenerlo cada uno; es decir, nuestro propio bienestar, nuestra libertad (de acción y de pensamiento), nuestra dignidad. Pero cuando el amor por otro es más fuerte que el amor propio, ocurren cosas como irse presa, dejar que el otro nos ofenda o nos violente, arriesgar el bienestar económico por obtener o cuidar un bien material, arriesgar la salud por el trabajo (o los estudios), etc. No quiero decir con esto que uno deba vivir en un constante carpe diem placentero buscando la felicidad y la autosatisfacción. Planteo, en cambio, que es vital amarnos a nosotros mismos lo suficiente como para no abandonarnos ni olvidarnos en función de otro.

 

Conservando la oreja 16 Junio 2009

Archivado en: De patio, Piedra en el zapato — Karen @ 11:27 AM
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Corridor in the AsylumSiempre he pensado que es un gesto irónico por parte de mi psiquiatra, el que la sala de espera de su consulta esté llena de cuadros de Van Gogh. Como que, de entradita, está diciendo que:

  1. Estamos todos locos.
  2. Nos hemos automutilado o lo haremos en algún momento de nuestras insanas vidas.
  3. Tenemos una perspectiva distorsionada de la realidad.

Para qué más, entonces. ¿Qué esperanza queda después de ese lapidario diagnóstico precoz? Bueno, creo que todos los que hemos tenido la experiencia de ir al psiquiatra (o al psicólogo) lo hemos hecho porque siempre hay alguien más cuerdo que uno, diciéndote: “necesitas ayuda”. O bien, aún tenemos algo de cordura y amor propio para decirnos a nosotros mismos que necesitamos ayuda. Cualquiera sea el caso, ningún loco con loquero está tan loco o tan solo, hecho que eleva un poquito el ánimo cuando uno se encuentra en estas circunstancias.

Independientemente de lo que me haya llevado a visitar a mi viejo amigo, la experiencia de hablar de uno mismo es, por sí misma, una experiencia de sanación. Como diría una de mis profes más potijuntis, uno verbaliza lo que concientizó (o explicitó), así que me queda el consuelo de que, por lo menos, estoy consciente de lo que me pasa. Lo mismo debe ocurrirle a las viejujas que le cuentan sus problemas a mi mamá en la peluquería. Y qué realista me parece ahora la típica escena del borrachín que le cuenta su vida al barman… es, ciertamente, más barato. Y el barman también está facultado para recetar algo que nos ayude a pasar el mal rato, así como mi mamá también puede recetarles un peinado a sus clientas para subirles la autoestima. En una de esas, Van Gogh no tuvo ni el amigo cuerdo, ni el amor propio, ni la semi-cordura, para poder evitar las noches de juerga con barman, ni menos para evitar hacerse solito ese tétrico new look desorejado.

Como alguien que aún conserva (parte de) su sobriedad y la totalidad de su oreja, he decidido apretar los dientes y esperar a que pase el mal rato, con ayuda de una que otra pastillita-no-psicotrópica, y del cariño incondicional de los que me han acompañado en estos tránsitos ásperos una y otra vez. Que les quede claro, chiquillos: esta no es la última. Pero, en comparación con todas las anteriores, esta es, por lejos, la menos loca de mis crisis. Sigo acá, al pie del cañón, sin penas ni recriminaciones. Histérica y neurótica, sí. Pero sigo, eso es lo importante.

 

La María no quiere ver 11 Junio 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 1:26 PM
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Primero que todo, me confieso feliz de que mi tendinitis haya cedido. Bueno, no del todo, pero al menos estoy autorizada para usar esta extensión de mis manos (y de mi mente), que es el teclado. Resulta que el jueves pasado me dio por pasar una base de datos gigante a Excel. Luego, el viernes se me ocurrió hacer una clase “de plumón y pizarra” en Enac (pizarra alta, profe baja… mala combinación). El sábado me voluntarié para pelar tomates con un cuchillo de juguete (bueno, no de juguete, pero casi). Resultado: domingo del terror con una tendinitis grosera en el brazo derecho. Eso me pasa por botarme a chora. Hoy, el doctor me dijo que ya estoy bien, pero que debo seguir con la cremita mágica y usando muñequera en mis ratos libres, para no sobreexigir mi bracito malo. Bien por ese lado. Lo latero es que, de pasadita, me detectó pie plano. Así que, igual que en mis tiernos días de infancia, debo usar plantillas. Mal por ese lado.

Mientras pateaba la perra en mi casa, instalando Dragon para poder dictarle a mi computador y no asumir del todo mi incompetencia, a Gregorio Samsa le dio por arreglar su departamento. Llevo 4 eternos días escuchando cómo le dan con un combo a las murallas, cómo insisten en taladrar paredes que parecen no ceder, cómo me vuelven loca con todo el ruido que hay en mi casa. Sin poder dormir hasta pasadas las 10:00 (un horario bastante holgazán, por lo demás), me he hecho adicta al matinal. Entre que dan el resumen de la teleserie y me dicen cómo estará mi semana, o me recomiendan el mejor look para buscar trabajo, o me dan recetas ingeniosas y ricas, se me han pasado estas mañanas pegada a la tele. Así fue como me enteré de que estaban haciendo la reconstitución de la escena del asesinato de Diego Schmidt-Hebbel (siempre he pensado que si el muerto hubiese sido uno de los peruanos que viven al lado, esto jamás hubiera salido en las noticias… pero bueno). No aguanté la curiosidad.

Haciendo gala de una falta de pudor increíble, salté de la cama, me puse mis pantalones artesanales y, chascona y hediondita, agarré del cuello al pobre Joaquín y salimos a matarnos de frío. Haciéndome la niña alternativa y desentendida, le pregunté a unas completas desconocidas que fumaban en la esquina (¡a esa hora!) qué era lo que estaba ocurriendo. Una multitud bloqueaba mi espectro visual. El tráfico estaba cortado, y una alta torre blanca se erguía desde el restaurant del frente. Todos luchaban (o luchábamos) por ser protagonistas de algo que, en nuestra mente social inmediatista y vulgar, era prácticamente histórico. Me pregunto si Manuel Rodríguez habrá tenido esa conciencia de que él era, en efecto e infinitamente más que nosotros, protagonista de algo histórico.

Entre periodistas, criminales, gendarmes, cajeras, víctimas, meseros, taxistas, profesores, dueñas de casa y locas con perros, se conformaba una masa compacta pero heterogénea. Creo que Luis Dimas (otro de mis vecinos dejados de la mano de la cordura), incluso, grabó la reconstitución de la escena. Francamente, me dio vergüenza. No por mi pinta matutina (espero jamás convertirme en una de esas personas que saca sus mejores pilchas y se amonona, porque puede salir en la tele), sino porque era el morbo y la falta de empatía lo que nos convocaba a todos en esa esquina, esa mañana. Nos importaba más, según creo, nuestro protagonismo imaginario, que el valor humano de lo que allí ocurría: el padre de la víctima sufría. El victimario, también. Los involucrados recordaban, a través de ese mediático hecho, el dolor de perder, no solo a un hijo o una pareja, sino la estabilidad de sus vidas. Por eso, tal vez, fue que mi vecina más loca, la Quintrala, no quiso salir del furgón donde estaba. Era ese dolor, que ella causó, lo que la María no quería ver.

No la culpo. Yo tampoco quise. Con Joaquín nos hicimos, nuevamente, los indiferentes y, ocultando nuestra vergüenza (propia y ajena), cruzamos por el supermercado hacia el Parque Bustamante. Tal vez así pudiéramos omitir mi remordimiento de conciencia por haberme hecho parte, aunque fuera por un par de segundos, del absurdo egocentrismo colectivo.

 

Bill y la diferencia generacional 5 Junio 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 12:02 AM
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Sólo quería decir que, para mí, somebody actually killed Bill (aunque haya sido suicidio)… y para Pelao, murió Kung-fu.

 

Gregorio Samsa 4 Junio 2009

Archivado en: Vida de barrio — Karen @ 7:04 PM
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¿Y si no nos damos cuenta de que despertó convertido en cucaracha?

¿Y si no nos damos cuenta de que despertó convertido en cucaracha?

Creo que ha llegado el momento de que les hable sobre mi vecino. Cuando llegamos a habitar nuestra humilde morada, descubrimos que teníamos un solo vecino en el piso. Y nos sentimos muy confiados cuando nos dijo que él era el administrador, así que, si teníamos dudas sobre los gastos comunes, las llaves del medidor o cualquier otra cosa, podíamos conversar con él. Fantástico. Fue una agradable bienvenida.

Un día quisimos contactarlo, para pedirle disculpas, ya que nuestro gato, Carloto, había hecho pipí sobre su entonces mustia planta (la que murió como una semana después, pero preferimos pensar que murió a causa de la falta de sol u otra cosa). Y no pudimos encontrarlo.

Era verano y, mientras nosotros acomodábamos nuestros cachibaches y pasábamos el tiempo cocinando cosas ricas y viendo TV, sentíamos cómo la puerta de en frente se abría y se cerraba a las horas más insólitas del día. Ahí nació el misterio sobre nuestro vecino. Analicemos: es un hombre maduro que, aparentemente, vive solo. Se encarga de administrar los gastos comunes. Sale a horas extrañas. Pasa mucho tiempo fuera de su casa… Pelao no se aguantó y un día, mientras él redactaba nuestro recibo del mes, le preguntó a qué se dedicaba. No fui testigo de esta conversación, de modo que la poca información que tengo es de segunda mano. Pelao me dijo que nuestro vecino era algo así como un vendedor viajero.

Al igual que el protagonista de “La Metamorfosis”, supusimos que, si cualquier día nuestro vecino despierta convertido en cucaracha, nadie, nunca jamás, se daría cuenta. Bueno, además está la relación obvia: mi vecino y Gregorio son colegas en el oficio de la venta puerta a puerta.

Sinceramente, dudo que esa sea su verdadera profesión. Pero el sobrenombre quedó. Obviamente, nuestro vecino no se llama Gregorio ni se apellida Samsa, pero le decimos así porque, además, nos tardamos mucho menos en asignarle un sobrenombre que en aprendernos su verdadero nombre. Qué malulos que somos.

 

El valor agregado de Champollion 1 Junio 2009

Archivado en: Piedra en el zapato — Karen @ 10:57 PM
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Tal como el obsesivo Champollion observaba intrigado la famosa Piedra Rosetta, hoy me enfrentaba a mi propio enigma. Frente a un iluminado telón, me encontraba perpleja. Las letras se sucedían, intercaladas con símbolos ininteligibles. Algún código, alguna pista… imploraba por un indicio de significado. Me vencía el sueño y despertaba, con la vista fija en ese extraño sistema de comunicación de desconocidos clanes de antaño. Mis pensamientos se superponían sin realmente conducir a ninguna parte. Tal vez el código misterioso tenía un significado fundamental: el último Secreto de Fátima, la interpretación verídica del Calendario Maya, la lógica tras los textos de Nostradamus, el misterio de la vida, la conformación genética del Eslabón Perdido… No lo sé, qué importa. El tema es que jamás comprendí qué tenía que ver la covarianza con el valor agregado, ni qué significa esa u chiquitita con una jota más chiquitita, al lado de letras griegas ordenadas en vertical, horizontal y diagonal. Creí entender que Épsilon era el error (¿estadístico?, ¿de medición?) y que la E mayúscula (que, para mí, eran como lo mismo) era… otra cosa. Eran mi error fundamental de no haber pescado las clases de logaritmo del Parra en el colegio y esa E, esa E desafiante, azul y brillante, significaba esperanza. No tengo idea de qué, pero para mí era la esperanza de descifrar mi propia Piedra Rosetta.