Función emotiva

… el recuento subterráneo.

Mutatis mutandis 2 Febrero 2010

Archivado en: De patio — Karen @ 1:36 PM
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No soporto ir al médico. Debo haber heredado de mi madre la reticencia por los diagnósticos irrevocables (en todos los ámbitos de la vida) y los problemas de autoridad. Claro, porque me carga que me digan lo que tengo que hacer, sin explicación mediante. Eso hace que sea una de esas pacientes insoportables. Una in-paciente, a decir verdad, porque no puedo enfrentarme a la displicencia de los galenos sin antes sofocarlos con una serie de preguntas basadas en mis lecturas y datos recopilados “a lo Lisa Simpson”.

Mi mamá, a diferencia mía -supongo-, es media extremista en este sentido, ya que es la única persona que conozco, que no le dio importancia a un diagnóstico de cáncer y decidió continuar viviendo “normalmente” (con sus gustos sibaritas y lujos extraños), hasta que, milagrosamente según ella, el supuesto tumor desapareció. En esto apoya su mantra: “los médicos no tienen idea”. Yo, que soy más escéptica, le atribuyo el milagro a uno de los tantos errores de la ciencia médica, convertida en ciencia miope tras siglos de reverencia social a la profesión de tanto sujeto ilustre. Sea como sea, ambas tenemos argumentos suficientes para postergar, mediante excusas insulsas, la indeseable visita a la consulta.

Hace algunos meses, algo me ocurrió. Más bien, algo no me ocurrió. El curso normal de los procesos biológicos naturales se había detenido. Investigué, como suelo hacerlo, en libros e Internet. Leía y leía sin poder dar una respuesta clara a lo que estaba pasando. Y decidí apretar los dientes y hacerle caso a Pelao: debía consultar a un especialista.

Una mañana de sábado, masticando chicle para disimular el olor del trasnoche, traspasé la puerta blanca, me senté en la silla enfrentando al médico y aguardé su diagnóstico, tras haberle relatado lo ocurrido y no sin antes pasar por una serie de exámenes bastante desagradables, a decir verdad. Previo a eso, hacía cerca de un mes, había visitado a mi fiel otorrinolaringólogo -el único médico que me merece respeto y obediencia-, y él había sugerido que mis constantes resfríos obedecían a una baja de defensas causada por una posible diabetes. No quise confirmar su diagnóstico con el examen de sangre que ordenó, de modo que me limité a inyectarme una Neurobionta y a comer kilos de limones, kiwis y naranjas, pero sin miel ni azúcar, por si las moscas.

La segunda vez, en cambio, no me quedó otra alternativa que hacerme los exámenes de sangre y una ecografía abdominal que me forzó a estar en ayunas cerca de 13 horas. Y claro, el diagnóstico fue lapidario, pero no irrevocable: debía bajar 30 kilos. Cuando se lo contaba a mis conocidos, amigos y parientes, todos me halagaban (¿consolaban?) diciendo que no podía ser tanto, que seguro debía ser menos, porque no me veía tan redonda, pero lo cierto es que lograba disimular mi rotundez con ropa estratégicamente escogida para ello. Para ser fiel a la verdad, confieso que me importaba bien poco verme bien. Lo que me importaba realmente era que el espejo no reflejara la verdad evidente de que debería dejar todo lo que me gusta: comida grasienta y dulce, alcohol, visitas a restaurantes, picoteos a media tarde…

El médico, aplacando con garabatos, bromas y retos, mi infantil rebeldía ante las abundantes píldoras que anotaba en una interminable receta, argumentaba que “sacarme una modelo de encima” era un desafío enorme, “casi un niño de ocho años”, reforzaba yo, y que no sería posible llevarlo a cabo sin un grosero puntapié inicial de químicos. Y tenía razón: un tercio de la meta se cumplió al cabo de un mes, ayudada también por una fantástica vecina que, además de amante de los perros, es una hábil nutricionista. Para qué externderme sobre los beneficios que el recientemente adquirido hobbie salsero produjo a mi nuevo ímpetu. Es lógico que las personas como yo (y mi mamá) no soportamos tampoco que se nos diga que algo es imposible; es más, nuestra tenacidad es directamente proporcional al énfasis que se le ponga a la dificultad de la tarea, solo por demostrar(nos) que sí es posible.

Así las cosas, continúo viviendo día a día de una nueva manera, cambiando solamente lo que deba ser cambiado: mi gusto por la comida no merma y tampoco lo hacen mi porfía ni mi racionalidad, que debieron darle la razón al sinfín de argumentos científicos que tuvo que darme el doctor antes de despacharme a la casa. Me las arreglo para que las ensaladas parezcan verdaderos platos gourmet, para que comer pescado con arroz se convierta en una aventura culinaria (light, fat free, diet, 1/2 sodium, con Omega, probióticos, Nori, linaza y cuanta panacea pseudonaturista se descubra) y para tomar sustitutos caseros de las bebidas que tanto me gustan, como el café y la Coca Cola, que fueron prohibidos terminantemente, para no sobreestimular mi “hígado graso moderado”, otro mal concomitante a mi insaciable gula.

Para espanto de mi Pelao, decidí dejar una marca indeleble de este proceso. Algo que me recuerde por dónde seguir y a dónde quiero llegar. Así, hace ocho días, una experimentada artista me ayudó a dejar testimonio de lo que les he relatado. Tal vez este testamento confesional esté siendo escrito con ese mismo propósito, quién sabe. Quizás ustedes, mis escasos pero fieles lectores, podrán darme un tirón de orejas de vez en cuando, en los momentos en que la voluntad y la porfía no sean suficientes para refrescar la memoria. Por lo pronto, agradezco a mi aperrado marido, por acompañarme en este proceso que, gracias a él y a muchos otros, ha resultado mucho más llevadero de lo que mis intuiciones iniciales pronosticaban.

 

Un mal corte de pelo 30 Enero 2010

Archivado en: A buen entendedor... — Karen @ 2:23 PM
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Cuando tenía como seis años, estaba de moda el típico corte “melenita”, algo así como el Bob, con chasquilla tupida, absolutamente inadecuado para gente que, como yo, tiene carita redonda, como los hamsters. Pero como los niños son ingenuos, yo fui la única capaz de creer que me vería igual de linda que la modelo de la revista. Es como comprarse una prenda de moda porque en la tele vemos que le queda muy bien a la regia y seductora modelo, con pelo perfecto y maquillaje vanguardista. Craso error.

Me senté, muy confiada, en el sillón de la peluquería. Mi madre con sus manos expertas, se aprestó a configurar en mi cabecita el look que “la niña” quería. Caían mis mechones de pelo por los hombros y mi cara comenzaba a ajustarse a mi nueva disposición capilar. Yo ya era capaz de percibir que no me parecía ni remotamente a la modelo, pero seguía confiando en que, una vez terminado el corte, me vería, si no igual, al menos parecida. Otro error.

Las tijeras dieron el último letal golpe a mi cabellera. Mi mamá, llena de ternura, me sacude con un plumerito los pelos que habían quedado adheridos a la capa protectora, a la toalla, a mi ropa, mi piel y mi carita. Como si hubiese percibido anticipadamente las señales de decepción en mis ojos -que ya comenzaban a llenarse de lágrimas-, se apronta a darme consuelo, afirmando que me veía hermosa y, para comprobarlo, coloca al lado mío la revista con la modelo, y me señala el espejo.

¡Era obvio que no me veía igual! Y lo había sido desde el inicio del proceso. Fue solo que yo, ingenua e ilusionada con el cambio, no podía percibirlo.

Ante la evidencia, rompí en un llanto infantil desesperado, ese que de tanto sollozar, no permite articular las palabras ni respirar como corresponde. Entre lágrimas, mocos y lamentos, logré manifestar mi arrepentimiento, pero ya era demasiado tarde…

Había pagado el precio de la moda y había caído en el juego de las falsas ilusiones que las imágenes de belleza nos ofrecen en revistas y fotografías publicitarias. Mi mamá y mi tía, ambas peluqueras cuya experticia se forjó a punta de experiencia y esfuerzo, intentaban aplacar mi pena, diciéndome que el pelo crece y que se va adaptando de a poco al rostro. Me enorgullece decir que así fue: mi pelo tardó algunos meses en crecer, y yo comprendí que no todo lo que nos ofrecen en la televisión y las revistas es real. Mi país, en cambio, no. El mal corte de pelo que Chile ha decidido hacerse tardará, por lo menos, cuatro años en crecer. Espero que, al igual que en mi caso, sirva para no guiarnos por la ingenuidad y el circo publicitario, la próxima vez que debamos tomar nuestras decisiones…

 

La mugrosa tesis vol. 3 7 Enero 2010

Archivado en: Piedra en el zapato — Karen @ 11:34 PM
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OK. La tesis. Comenté antes que Conicyt no me daría un semestre más para terminarla, pero el “destino” quiso otra cosa. No creo que la vida esté escrita antes de que uno la viva, pero de que hay algo marciano… lo hay. Resulta que inicié mi intervención en el colegio experimental, con la ayuda fiel y generosa de un colega re-buena-onda que tuve la suerte de conocer. Todo bien. Los chiquillos estaban respondiendo a las actividades, se notaban algunos progresos, hice los pre-tests… fantástico. Hasta que llegó el fin de año. Maldición. ¿Por qué los alumnos dejan de ir al colegio después de las pruebas de nivel? ¿Acaso no tienen nada que copuchar con sus amigos y compañeros de curso? ¿Ninguna convivencia que organizar? ¿Ninguna migaja de subvención con la que quieran aportar a su colegio?

Me había costado un mundo conformar un equipo para hacer las entrevistas “pre”. De chiripazo, encontré a dos amigos-casi-hermanos que estuvieron dispuestos a ayudarme. Pasaron por un entrenamiento, pilotearon entrevistas conmigo en otro colegio, fuimos al colegio experimental, al colegio control… genial. Pero para mi mala cueva, se me desmoronó el equipo a última hora: se bajó un integrante. Literalmente de la noche a la mañana, encontré un reemplazante para ir a hacer las entrevistas “post”; bien. Casi-casi me compro un Kino. Partí con mi chorrera de pruebas para ambos cursos, mis dos entrevistadores, las grabadoras y el PC, al peregrinaje escolar. Oh, sorpresa. Quedaba menos de la mitad de cada curso en cada colegio. A la mierda la investigación.

No me quedó más que ir a ver a mi profe guía (que, a todo esto, es fantástica). Me dijo que, lamentablemente, tendría que repetir la intervención el primer semestre, porque el segundo es muy “inestable”. Mala onda, microondas: todo de nuevo. Así que la mugrosa tesis regresó para darme una tremenda patada en el traste. Más bien, una pateadura, una golpiza. Afortunadamente, dice mi profe, todo lo que hice servirá como un pilotaje de las actividades de intervención, lo que aportará confiabilidad al trabajo final. Si nos ponemos optimistas, la tesis quedará “muy bonita”, de acuerdo con las palabras de mi confiable tutora. Crucemos los dedos, hagamos cadenas por grupos de Facebook, oremos a la Pachamama, demos todos tres golpecitos a la pata de la mesa mientras encendemos una vela tricolor y esparcimos agua bendita de Lourdes por el teclado del computador, mientras hacemos caminitos de sal alrededor del escritorio. A ver si así mi suerte mejora. Para qué entrar a relatar el asunto de mi pendrive, pero les adelanto que perdí todo el material teórico que había reunido más los informes que había redactado, de modo que, en serio, necesito un empujoncito de Alá, Yahvé, Orula, Zeus, San Expedito, del Padre Pío, Santa Sara, San Guchito o de lo que sea.

En conclusión: colorín colorado, este cuento NO ha terminado. Ojalá el volumen 4 de este relato sea más auspicioso. Por lo pronto, espero con ansias las vacaciones que me permitirán arreglar este entuerto. O, al menos, conformarme con la idea de que “todo es para mejor” o que, en el caso de mi mugrosa tesis, “lo que no la mata, la fortalece”.

 

“El galeón español” o la bipolaridad del fin de año 29 Diciembre 2009

Archivado en: De patio, Todo tiempo pasado — Karen @ 6:23 PM
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Quedan dos días para que el 2009 pase a la historia. Para que lo recordemos como una efeméride, como el año de la gripe porcina, de la muerte de Mercedes Sosa, del inicio del gobierno de Obama, de “¿Dónde está Elisa?”… en fin, de tantos sucesos noticiosos que se convertirán en datos freak para las generaciones del futuro.

Mi 2009 estuvo lejos de ser un hito. Han sido, en cambio, los 363 días más inestables de mi (quiero decir “breve”) existencia. Tuve, por lo menos, 5 trabajos distintos. Conocí muchísima gente. Pasé del sedentarismo absoluto al fanatismo por los ritmos tropicalones. Recorrí miles de kilómetros en avión y otros tantos en auto, metro y bus (nada de trenes y barcos este año). Redefiní metas y proyecciones, por lo menos, 7 veces. Dejé de fumar, volví a fumar, volví a dejar de fumar, y volví a volver a fumar. ¿Cómo no despedir este año entonces con el mismo frenesí con el que lo viví?

Me da la impresión de que todos andamos en las mismas. Todos estamos programando carretes para el 31 en la noche. Después de todo, tenemos 12 alternativas solo en Santiago para ver los reiterativos y ensordecedores fuegos artificiales, y otras cuantas para dejar nuestro dinero, cordura e hígado en manos de algún productor de megaeventos. Pero hay un dejo de tristeza en las festividades de diciembre. Un gustillo amargo que contamina, querámoslo o no, el dulzor del ponche con helado de piña. Todos recordamos a alguien que no está, extrañamos a las personas que no pudimos abrazar, nos ilusionamos con aquellas a las que nos gustaría tener cerca.

Y cómo no. Si hay algo idiosincrático en las nuevas formas de celebración que hemos importado es esa leve amargura del homo chilensis. Ese mirar el vaso medio vacío. El ocultar, tras la sonrisa y el brindis, la nostalgia y la amargura. Basta con ponerle oreja a las canciones que bailamos año a año. ¿Alguien ha escuchado con atención “El galeón español”? Creo que nuestra celebración de año nuevo es realmente bipolar. Bailamos, con mucho ritmo y un copete en la mano, una canción repleta de nostalgia. Coreamos una letra que conocemos a medias, oculta por una de las melodías más alegres y pegajosas de la noche del 31. Les dejo, para su deleite, unos versillos de la canción en cuestión: “Ya que la voz de mi abuelo/ ya no está en esta tarde tibia de sol,/ su corazón aún se siente/ palpitar en el viejo galeón español”.

 

Pensamientos arremolinados sobre el temor 8 Octubre 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 10:43 AM
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Temor

Me llama la atención el que le tengamos miedo a todo. Socialmente, digo. Miedo del vecino (porque no sabes quién está al lado de tu puerta), de los transeúntes (porque más de alguno te puede asaltar), de la soledad (porque te hace vulnerable), de Internet (porque está lleno de depravados), de la oscuridad (porque no sabes a quién esconde)… y lo que ya es el colmo, ¡del teléfono!, porque te puede llamar un delincuente para estafarte. ¿Qué nos está pasando?

En las noticias, le han dado como bombo al tema de las estafas telefónicas. Hay una campaña de Carabineros, incluso, para evitarnos ser crédulos ante lo que escuchamos por el auricular. Nos llaman a desconfiar de la voz de un completo desconocido, como si nos fuera a contagiar el Ébola por el teléfono. “No dé información personal”, “no responda a números desconocidos”, “no crea en lo que le dicen”… me parece terrible, porque, primero, hay gente que cree historias insólitas y, segundo, porque efectivamente, la misma ingenuidad que ha hecho a la gente confiar, ahora la hace desconfiar. Si me preguntan a mí, le creo menos a las noticias que a los desconocidos telefónicos, principalmente porque los segundos no son tan inteligentes ni suspicaces como los que manejan la agenda pública. Huelga decir que los presos que llaman por celular son movidos por una codicia moderada, mientras que los delincuentes mediáticos y legitimados tienen una codicia ilimitada. Finalmente, la credulidad es la misma, sin importar si nos la piden por el teléfono o por el televisor.

Recuerdo que me llamaron dos veces para estafarme: la primera, me dijeron que el Buenos Días a Todos estaba haciendo un concurso con Entel PCS y Vodafone. Estaba en el colegio, en un recreo fumándome un pucho, cuando vi dos llamadas perdidas. Llamé de vuelta, y sale un sujeto extasiado diciéndome que me había ganado un premio (creo que un televisor de plasma) y que tenía que ir a Bellavista 0990 con todos los Entel Ticket que pudiera comprar. “Okey”, le respondí, y me hice la entusiasmada. Le pregunté su nombre y me cortó. Acto seguido, llamé a Entel, Claro y Telefónica, dando el número desde el que me habían llamado, para que lo bloquearan. La segunda, me llamaron a mi casa. Una voz me dice “Tía, tía…”, dije que no tenía sobrinos y el muy pelmazo me responde “Cómo que no tía, soy yo, su sobrino favorito”. Notable. Lo único que me pasó con eso fue un tremendo ataque de risa, que me hizo perder un par de minutos, pero nada más. No me dio Ébola.

Es cierto que, a modo de resguardo de la especie, el miedo es algo que nos ha permitido sobrevivir por miles de años. Es algo que, al generar adrenalina, nos permite reaccionar rápidamente para escapar de alguna amenaza inmediata. Pero no entiendo cómo este miedo pasivo nos permite sobrevivir, cómo es que evolucionamos temiendo a los otros miembros de la especie. Cuando a los seres humanos se nos ocurrió vivir en sociedad, hicimos (y aquí me pongo russeauniana) un contrato. Eso implica confianza y desconfianza. La primera, porque confiamos en que el otro no nos va a perjudicar. La segunda, entonces, está incluida en la primera (Pelao luego podrá decir que estoy escribiendo huevadas, pero así es como yo lo entiendo). Entonces, si nuestro sistema social ha ido evolucionando, ¿cómo es que estos dos componentes -la confianza y la desconfianza- evolucionan de forma dispareja?

Pienso en cómo la falta de información respecto a nuestros más cercanos nos hace creer lo increíble. Si las nanas que han caído en estas estafas han entregado todo lo que les han pedido, ha sido porque no ha habido una comunicación fluida con la familia de la casa en que trabaja. Si algún pariente ha caído también, es porque no se comunica con sus familiares. Por ejemplo, a mí me sería imposible creer que mi mamá me mandó un taxi a la casa para que la vayamos a buscar a la posta. O que Pelao atropelló a alguien y se dio a la fuga. ¡Imposible! Y sé esas cosas porque los conozco. Si me preocupo de conocer a mis vecinos, perderé el miedo a ellos; si conozco mi barrio, me sentiré segura en él…

Con esto, quiero concluir que no es nuestra credulidad la que nos condena a ser engañados, sino que es nuestra falta de comunicación con los otros lo que nos lleva a ser blancos fáciles de los delincuentes, ya sea que nos llamen desde una cárcel o desde un estudio televisivo perfectamente adornado.

 

Cabra shica ‘e pacotilla botá a shora 22 Septiembre 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 8:25 PM
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Barbie electroshock

¿Y pa’ qué necesito hombres en mi vida si ya sé lo básico? ¿Ah? Resulta que hoy llegué al punto cúlmine de mi autosuficiencia, cuando aprendí a usar nuestro nuevo taladro y a distinguir brocas entre las para metal o para concreto. Hice los hoyitos pertinentes, puse (¡y adapté!) los tarugos, atornillé, martillé y limpié… ¡y terminé de instalar mis pestillos! Solita. Bueno, no tan solita. Mi papá me acompañó todo ese rato, pero en vez de ayudarme, me daba indicaciones contradictorias, criticándome porque no taladraba con suficiente fuerza, cuando, en realidad, era la broca la que no servía para concreto… sí, hoy fui “Barbie maestro chasquilla”. Bueno, a la chilena: de pelo oscuro, regordeta, reclamona y sin Ken, pero chasquilla al fin y al cabo. Casi perejil, como diría Lemebel después de constatar que, además, hice papas con chuchoca. Ken (a la chilena también) acaba de llegar y, para mi orgullo, no pudo abrir la puerta. Un poroto para mi autoestima.

 

Memoria subjetiva 11 Septiembre 2009

Archivado en: Todo tiempo pasado — Karen @ 8:46 PM
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Para unos, el día de la libertad. Para otros, el del dolor. Para algunos, el del terrorismo; para su contraparte, el día de la conspiración. Para mí, el del olvido y, peor aun, el día de la paranoia y del prejuicio.

 

¿Y por qué no me lo cortaste? 10 Septiembre 2009

Archivado en: Piedra en el zapato — Karen @ 10:14 AM
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Hace tiempo que no escribo. Y cada vez que dejo de hacerlo, lo echo de menos, como si relatarme a mí misma la vida me sirviera para comprenderla. Pero no. Hay algunas cosas que no hay caso con intentar entender: siempre viene el factor sorpresa que me desarma el mono.

Desde chica, me crié viviendo con hombres como pares. Y cómo no, si fue mi papá el encargado de darme los conocimientos fundamentales para la supervivencia urbana: abrocharme los zapatos, andar en bicicleta y tomar micro. Lo de la cocina lo fui aprendiendo en el camino, mientras jugaba con masa de sopaipillas en el invierno como si fuera plasticina, o cuando miraba a mi mamá haciendo el almuerzo los domingos, intentando ayudarla con mis habilidades rudimentarias y mi motricidad fina en desarrollo. Pero jamás aprendí de mis padres eso de la relación tradicional entre hombres y mujeres, nunca vi la orden irrevocable con obediencia sumisa, tan común en las parejas de antaño. Tampoco presencié eso del hombre proveedor y la mujer dueña de casa; al contrario: siempre fue mi madre la trabajadora y mi padre, el guardián (cancerbero, en realidad) de mis tareas escolares.

Así las cosas, me cuesta entender que, en un contexto laboral supuestamente intelectual y moderno, donde las competencias profesionales de todos valen por igual, se haga diferencias sutiles de género. Sutiles, porque están arraigadas en las conductas de las personas y no se explicitan con mala intención. Eso no las hace menos terribles para esta receptora pseudo-feminista, obligada a agachar el moño ante algunos actos de amenaza a la imagen (negativa y positiva) perfectamente adecuados a un contexto jerárquico donde, pareciera, estoy cada vez más abajo, cada vez más cerca del paquete de cabritas.

Entonces, cuando alguien me pide un café mientras estoy ocupada en mis tareas profesionales, me parece anacrónico. Una cosa es que yo lo prepare para mí y les ofrezca a mis compañeros de trabajo una taza. Otra muy distinta es que se me interrumpa para solicitársemela. Al principio, no me molestó. Pensé que, en realidad, no me costaba nada y siempre es posible recibir las atenciones que prodiga uno que otro compañero, como la apertura de la puerta o la ayuda con los bolsos, de modo que se aplicaba la lógica del “hoy por ti, mañana por mí”, seguimos todos amigos y seguimos siendo iguales. Pero no. Aquí viene la sorpresa que me desarmó el mono. Cuando le llevo la taza de café a mi compañero, me pregunta, molesto, por qué no le corté el café. Respondí que no había leche y él, frustrado, se levanta de la silla a buscar algún tipo de sucedáneo lácteo que se había acabado meses atrás, como si yo fuera la culpable de su malestar y, peor aun, ¡como si no hubiese hecho bien mi trabajo! “Bueno” -pensé. “En mi contrato no está especificado que tengo que servir café, así que no tengo por qué aguantar esta pataleta, harto básica por lo demás”. Pero mi consuelo mental no sirvió de mucho. Relato este hecho porque fue la gota que rebalsó mi vaso feminista. Hubo también otras actitudes marcadamente sexistas por parte de otros integrantes del grupo laboral del terror; de hecho, esta fue la más trivial (y por eso la cuento acá). Lo complejo es que otras personas también notaron el sesgo en el trato, pero siguió pasando desapercibido para quienes lo manifiestan. Es una lata que no lo noten, dado que, si no se percibe un problema, no hay forma de poder arreglarlo.

De todas maneras, hay otras actitudes de solidaridad y compañerismo que se agradecen mucho, y que jamás podría desdeñar. Tuve también una sorpresa grata de otro compañero de trabajo esta semana, que me sacudió algunos prejuicios sobre él que me rondaban en el lado poco amable del cerebro. Y, por lo demás, me agrada poder dialogar con gente que piensa tan distinto, sobre todo, respecto a temas políticos, porque, entre charla y charla, se puede ir conociendo a los otros y empatizando con ellos. Tampoco hace nada de mal compartir con personas con cursos académicos y profesionales radicalmente distintos al mío, dado que eso contribuye a la amplitud de miradas frente a la realidad.

Nótese que intento mirar el vaso medio lleno, porque aunque escribo y escribo, sigo perpleja ante el recuerdo de una boca prepotente que, con un gesto de molestia, preguntaba “¿Y por qué no me lo cortaste?”

 

Catarsis operática 24 Agosto 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 8:52 AM
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... los culpables del llanterío.

... los culpables del llanterío.

El sábado fuimos a la ópera. Cuando uno lo dice así, es como si se pusiese en la pará shúper intelectual, ashí como shúper wena onda, ashí como profeshionalesh jóvenesh con accesho a la culturash… pero, en realidad, no es así. Yo le digo a Pelao que es la mínima compensación que la Sra. Matte le hace a sus esclavos empleados, por la sobrecarga de trabajo el gran esfuerzo que realizan. Sea como sea,  es genial que nos lleguen, de chiripazo, ese tipo de regalos.

Yo siempre he sido llorona. Para quienes me conocen del cotidiano, eso puede sorprenderles (Pelao dice que la única persona que sabe que soy tiernucha es él… y lo creo). Más bien, siempre he sido una mamona alharaca con emociones incontrolables. Me río con ganas: si tengo un ataque de risa, río hasta las lágrimas y, si tengo ganas de llorar, lloro a moco tendido. Lo terrible de emocionarse así es que hay contextos donde uno no puede expresarse como corresponde. ¿Será que mi madre me metió mucho en la cabeza eso de ser siempre digna? No lo sé. Claramente, no lo he cumplido a cabalidad tampoco, pero hay ciertas cosas que reprimo en pos de salvaguardar la honra. Una de ellas es el llanto.

Estábamos el sábado en el Municipal y, como siempre me ocurre en la ópera, los museos, el cine y en el teatro, me emocioné hasta las lágrimas (¿por qué cresta todas las óperas son trágicas?). Sentía cómo el nudo en la garganta se iba convirtiendo en sollozo, y este, en lagrimeo a raudales, ¡pero no podía llorar en plena obra (y menos en público)! Así que aguanté estoicamente, mientras me corría la típica lágrima solitaria por una mejilla. Esa que, para la tele, es una imagen tan romántica, para mí era como el pedacito indiscreto que se me arrancó del cuerpo en el esfuerzo por controlar lo incontrolable.

Le apretaba la mano a Pelao y él, con una mirada de soslayo, se burlaba de mi incontinencia emocional. A mí no me cabe en la cabeza cómo es que nadie más llora en los momentos cruciales (de hecho, lo bueno del cine es que, con el “dolby surround” y la oscuridad, uno puede llorar todo lo que quiera, sonarse y verse ridícula, con los ojos hinchados y la cara de culo). Tampoco puedo entender cómo es que todos se levantan con su mejor sonrisa de las butacas, buscando y/o reencontrándose con las caras conocidas al encenderse la luz, después de haber roto el dramatismo de la ficción con aplausos incesantes cada vez que la música hace una pausa. Es como si asistir a un evento artístico fuese más un evento social… o sea, me dio la impresión de que lo importante no era ver la obra, sino que otras personas los vieran viendo la obra. Igual eso es una lata, porque nos encontramos, efectivamente, con gente conocida. Y creo que esa es, precisamente, la razón de mi aguante: el maquillaje corrido se lo reservo a mis amigos y a (algunos) parientes, pero a meros conocidos, ¡jamás! Así que, cuando me reencontré con la mirada conocida al concluir el reivindicativo tercer acto, fingí mi mejor sonrisa, al menos hasta que pudiera dar rienda suelta al llanterío, acompañada de un pucho y del abrazo cómplice de mi pobre Pelao, que aguanta todos mis arranques de sensibilidad cursilona.

 

Dos años y un día 11 Agosto 2009

Archivado en: Todo tiempo pasado — Karen @ 12:28 AM
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El 10 de agosto de 2007, Pelao estaba terminando el curso de conducción, yo estaba empezando a trabajar en el Rafael Sotomayor, vivíamos en la casa de mis papás, y hacíamos milagros para hacer caber un clóset y algunos muebles extra dentro de mi pieza, que era muy grande (hay que decirlo), pero pequeña para dos habitantes desordenados. Yo aún vivía el duelo de haber dejado a mis alumnos de La Pintana, Pelao y yo trabajábamos como ayudantes en la PUC y gozábamos del millonario sueldo de $240.000 (diríamos que $120.000 per cápita). Fonasa me salvaba el pellejo por las 5 sinusitis que tuve ese invierno, en Canal 13 aparecía la Karla Constant, Iván Valenzuela aún me caía bien (y no me parecía tan facho), y estaban dando Papi Ricky. Bachelet estaba tambaleando porque el Transantiago no tenía ningún acierto, yo pesaba 10 kilos menos y era soltera. Tenía la agenda de Maitena, llena de papeles; uno de ellos anunciaba una beca para profesores a la que no se me pasaba por la cabeza postular.

Ese día salí temprano de la universidad. Había dejado de lado algunas cosas de mi ayudantía (con permiso de mi entonces benevolente jefa), Pelao me había comprado una carterita de cuero y juntos habíamos escogido un chaleco artesanal que ahora tiene un hoyo en la axila. Me encaminé hacia el mall Florida Center, a comprar un par de panties y algo de maquillaje. Como no sabía qué usar, una vendedora de Almacenes París me orientó para escoger un rubor, polvos compactos y una sombra.

Había dejado un terno en la lavandería. Por una hora, debía matar el tiempo, de modo que, después de Almacenes París, visité el Feria Mix. En ese momento, leía “El perfume”, de Patrick Suskind. Nos encontraríamos con Pelao en el mall para ir a recoger el terno limpio. Cuando fuimos a buscarlo, no lo habían lavado aún, de modo que tuvimos que esperar un poco más. Estábamos atrasados, así que pagamos rápidamente, nos subimos al auto (que, en ese entonces, me tenía como única conductora), y corrimos hacia el departamento de mis papás.

Alcancé a hacerme un par de rulos con un fierro caliente. Los até en un medio moño. Me pinté la cara y los ojos, intentando verme lo más natural posible. Me puse el chaleco artesanal, Pelao se metió dentro del terno y, así como estábamos, encorbatados y encaramados en unos tacos, corrimos nuevamente hacia el auto. Eran las 18:45.

La hora peak nos hizo retrasarnos más de la cuenta. Ese día no podíamos llegar tarde. Esquivamos autos y un par de luces “naranjas”. Llegamos 10 minutos atrasados y nos aliviamos al percatarnos de que Claudio y la invitada más importante no llegarían a la hora tampoco.

La jueza del civil llegó a las 19:40. Todo empezó a las 19:45. A las 20:00, me decían, por primera vez, “señora”.

Felices 2 años y un día, mi amor.