No soporto ir al médico. Debo haber heredado de mi madre la reticencia por los diagnósticos irrevocables (en todos los ámbitos de la vida) y los problemas de autoridad. Claro, porque me carga que me digan lo que tengo que hacer, sin explicación mediante. Eso hace que sea una de esas pacientes insoportables. Una in-paciente, a decir verdad, porque no puedo enfrentarme a la displicencia de los galenos sin antes sofocarlos con una serie de preguntas basadas en mis lecturas y datos recopilados “a lo Lisa Simpson”.
Mi mamá, a diferencia mía -supongo-, es media extremista en este sentido, ya que es la única persona que conozco, que no le dio importancia a un diagnóstico de cáncer y decidió continuar viviendo “normalmente” (con sus gustos sibaritas y lujos extraños), hasta que, milagrosamente según ella, el supuesto tumor desapareció. En esto apoya su mantra: “los médicos no tienen idea”. Yo, que soy más escéptica, le atribuyo el milagro a uno de los tantos errores de la ciencia médica, convertida en ciencia miope tras siglos de reverencia social a la profesión de tanto sujeto ilustre. Sea como sea, ambas tenemos argumentos suficientes para postergar, mediante excusas insulsas, la indeseable visita a la consulta.
Hace algunos meses, algo me ocurrió. Más bien, algo no me ocurrió. El curso normal de los procesos biológicos naturales se había detenido. Investigué, como suelo hacerlo, en libros e Internet. Leía y leía sin poder dar una respuesta clara a lo que estaba pasando. Y decidí apretar los dientes y hacerle caso a Pelao: debía consultar a un especialista.
Una mañana de sábado, masticando chicle para disimular el olor del trasnoche, traspasé la puerta blanca, me senté en la silla enfrentando al médico y aguardé su diagnóstico, tras haberle relatado lo ocurrido y no sin antes pasar por una serie de exámenes bastante desagradables, a decir verdad. Previo a eso, hacía cerca de un mes, había visitado a mi fiel otorrinolaringólogo -el único médico que me merece respeto y obediencia-, y él había sugerido que mis constantes resfríos obedecían a una baja de defensas causada por una posible diabetes. No quise confirmar su diagnóstico con el examen de sangre que ordenó, de modo que me limité a inyectarme una Neurobionta y a comer kilos de limones, kiwis y naranjas, pero sin miel ni azúcar, por si las moscas.
La segunda vez, en cambio, no me quedó otra alternativa que hacerme los exámenes de sangre y una ecografía abdominal que me forzó a estar en ayunas cerca de 13 horas. Y claro, el diagnóstico fue lapidario, pero no irrevocable: debía bajar 30 kilos. Cuando se lo contaba a mis conocidos, amigos y parientes, todos me halagaban (¿consolaban?) diciendo que no podía ser tanto, que seguro debía ser menos, porque no me veía tan redonda, pero lo cierto es que lograba disimular mi rotundez con ropa estratégicamente escogida para ello. Para ser fiel a la verdad, confieso que me importaba bien poco verme bien. Lo que me importaba realmente era que el espejo no reflejara la verdad evidente de que debería dejar todo lo que me gusta: comida grasienta y dulce, alcohol, visitas a restaurantes, picoteos a media tarde…
El médico, aplacando con garabatos, bromas y retos, mi infantil rebeldía ante las abundantes píldoras que anotaba en una interminable receta, argumentaba que “sacarme una modelo de encima” era un desafío enorme, “casi un niño de ocho años”, reforzaba yo, y que no sería posible llevarlo a cabo sin un grosero puntapié inicial de químicos. Y tenía razón: un tercio de la meta se cumplió al cabo de un mes, ayudada también por una fantástica vecina que, además de amante de los perros, es una hábil nutricionista. Para qué externderme sobre los beneficios que el recientemente adquirido hobbie salsero produjo a mi nuevo ímpetu. Es lógico que las personas como yo (y mi mamá) no soportamos tampoco que se nos diga que algo es imposible; es más, nuestra tenacidad es directamente proporcional al énfasis que se le ponga a la dificultad de la tarea, solo por demostrar(nos) que sí es posible.
Así las cosas, continúo viviendo día a día de una nueva manera, cambiando solamente lo que deba ser cambiado: mi gusto por la comida no merma y tampoco lo hacen mi porfía ni mi racionalidad, que debieron darle la razón al sinfín de argumentos científicos que tuvo que darme el doctor antes de despacharme a la casa. Me las arreglo para que las ensaladas parezcan verdaderos platos gourmet, para que comer pescado con arroz se convierta en una aventura culinaria (light, fat free, diet, 1/2 sodium, con Omega, probióticos, Nori, linaza y cuanta panacea pseudonaturista se descubra) y para tomar sustitutos caseros de las bebidas que tanto me gustan, como el café y la Coca Cola, que fueron prohibidos terminantemente, para no sobreestimular mi “hígado graso moderado”, otro mal concomitante a mi insaciable gula.
Para espanto de mi Pelao, decidí dejar una marca indeleble de este proceso. Algo que me recuerde por dónde seguir y a dónde quiero llegar. Así, hace ocho días, una experimentada artista me ayudó a dejar testimonio de lo que les he relatado. Tal vez este testamento confesional esté siendo escrito con ese mismo propósito, quién sabe. Quizás ustedes, mis escasos pero fieles lectores, podrán darme un tirón de orejas de vez en cuando, en los momentos en que la voluntad y la porfía no sean suficientes para refrescar la memoria. Por lo pronto, agradezco a mi aperrado marido, por acompañarme en este proceso que, gracias a él y a muchos otros, ha resultado mucho más llevadero de lo que mis intuiciones iniciales pronosticaban.




