Función emotiva

… el recuento subterráneo.

Pensamientos arremolinados sobre el temor 8 Octubre 2009

Archivado en: De patio, Vida de barrio — Karen @ 10:43 AM
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Temor

Me llama la atención el que le tengamos miedo a todo. Socialmente, digo. Miedo del vecino (porque no sabes quién está al lado de tu puerta), de los transeúntes (porque más de alguno te puede asaltar), de la soledad (porque te hace vulnerable), de Internet (porque está lleno de depravados), de la oscuridad (porque no sabes a quién esconde)… y lo que ya es el colmo, ¡del teléfono!, porque te puede llamar un delincuente para estafarte. ¿Qué nos está pasando?

En las noticias, le han dado como bombo al tema de las estafas telefónicas. Hay una campaña de Carabineros, incluso, para evitarnos ser crédulos ante lo que escuchamos por el auricular. Nos llaman a desconfiar de la voz de un completo desconocido, como si nos fuera a contagiar el Ébola por el teléfono. “No dé información personal”, “no responda a números desconocidos”, “no crea en lo que le dicen”… me parece terrible, porque, primero, hay gente que cree historias insólitas y, segundo, porque efectivamente, la misma ingenuidad que ha hecho a la gente confiar, ahora la hace desconfiar. Si me preguntan a mí, le creo menos a las noticias que a los desconocidos telefónicos, principalmente porque los segundos no son tan inteligentes ni suspicaces como los que manejan la agenda pública. Huelga decir que los presos que llaman por celular son movidos por una codicia moderada, mientras que los delincuentes mediáticos y legitimados tienen una codicia ilimitada. Finalmente, la credulidad es la misma, sin importar si nos la piden por el teléfono o por el televisor.

Recuerdo que me llamaron dos veces para estafarme: la primera, me dijeron que el Buenos Días a Todos estaba haciendo un concurso con Entel PCS y Vodafone. Estaba en el colegio, en un recreo fumándome un pucho, cuando vi dos llamadas perdidas. Llamé de vuelta, y sale un sujeto extasiado diciéndome que me había ganado un premio (creo que un televisor de plasma) y que tenía que ir a Bellavista 0990 con todos los Entel Ticket que pudiera comprar. “Okey”, le respondí, y me hice la entusiasmada. Le pregunté su nombre y me cortó. Acto seguido, llamé a Entel, Claro y Telefónica, dando el número desde el que me habían llamado, para que lo bloquearan. La segunda, me llamaron a mi casa. Una voz me dice “Tía, tía…”, dije que no tenía sobrinos y el muy pelmazo me responde “Cómo que no tía, soy yo, su sobrino favorito”. Notable. Lo único que me pasó con eso fue un tremendo ataque de risa, que me hizo perder un par de minutos, pero nada más. No me dio Ébola.

Es cierto que, a modo de resguardo de la especie, el miedo es algo que nos ha permitido sobrevivir por miles de años. Es algo que, al generar adrenalina, nos permite reaccionar rápidamente para escapar de alguna amenaza inmediata. Pero no entiendo cómo este miedo pasivo nos permite sobrevivir, cómo es que evolucionamos temiendo a los otros miembros de la especie. Cuando a los seres humanos se nos ocurrió vivir en sociedad, hicimos (y aquí me pongo russeauniana) un contrato. Eso implica confianza y desconfianza. La primera, porque confiamos en que el otro no nos va a perjudicar. La segunda, entonces, está incluida en la primera (Pelao luego podrá decir que estoy escribiendo huevadas, pero así es como yo lo entiendo). Entonces, si nuestro sistema social ha ido evolucionando, ¿cómo es que estos dos componentes -la confianza y la desconfianza- evolucionan de forma dispareja?

Pienso en cómo la falta de información respecto a nuestros más cercanos nos hace creer lo increíble. Si las nanas que han caído en estas estafas han entregado todo lo que les han pedido, ha sido porque no ha habido una comunicación fluida con la familia de la casa en que trabaja. Si algún pariente ha caído también, es porque no se comunica con sus familiares. Por ejemplo, a mí me sería imposible creer que mi mamá me mandó un taxi a la casa para que la vayamos a buscar a la posta. O que Pelao atropelló a alguien y se dio a la fuga. ¡Imposible! Y sé esas cosas porque los conozco. Si me preocupo de conocer a mis vecinos, perderé el miedo a ellos; si conozco mi barrio, me sentiré segura en él…

Con esto, quiero concluir que no es nuestra credulidad la que nos condena a ser engañados, sino que es nuestra falta de comunicación con los otros lo que nos lleva a ser blancos fáciles de los delincuentes, ya sea que nos llamen desde una cárcel o desde un estudio televisivo perfectamente adornado.

 

Cabra shica ‘e pacotilla botá a shora 22 Septiembre 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 8:25 PM
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Barbie electroshock

¿Y pa’ qué necesito hombres en mi vida si ya sé lo básico? ¿Ah? Resulta que hoy llegué al punto cúlmine de mi autosuficiencia, cuando aprendí a usar nuestro nuevo taladro y a distinguir brocas entre las para metal o para concreto. Hice los hoyitos pertinentes, puse (¡y adapté!) los tarugos, atornillé, martillé y limpié… ¡y terminé de instalar mis pestillos! Solita. Bueno, no tan solita. Mi papá me acompañó todo ese rato, pero en vez de ayudarme, me daba indicaciones contradictorias, criticándome porque no taladraba con suficiente fuerza, cuando, en realidad, era la broca la que no servía para concreto… sí, hoy fui “Barbie maestro chasquilla”. Bueno, a la chilena: de pelo oscuro, regordeta, reclamona y sin Ken, pero chasquilla al fin y al cabo. Casi perejil, como diría Lemebel después de constatar que, además, hice papas con chuchoca. Ken (a la chilena también) acaba de llegar y, para mi orgullo, no pudo abrir la puerta. Un poroto para mi autoestima.

 

Memoria subjetiva 11 Septiembre 2009

Archivado en: Todo tiempo pasado — Karen @ 8:46 PM
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Para unos, el día de la libertad. Para otros, el del dolor. Para algunos, el del terrorismo; para su contraparte, el día de la conspiración. Para mí, el del olvido y, peor aun, el día de la paranoia y del prejuicio.

 

¿Y por qué no me lo cortaste? 10 Septiembre 2009

Archivado en: Piedra en el zapato — Karen @ 10:14 AM
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Hace tiempo que no escribo. Y cada vez que dejo de hacerlo, lo echo de menos, como si relatarme a mí misma la vida me sirviera para comprenderla. Pero no. Hay algunas cosas que no hay caso con intentar entender: siempre viene el factor sorpresa que me desarma el mono.

Desde chica, me crié viviendo con hombres como pares. Y cómo no, si fue mi papá el encargado de darme los conocimientos fundamentales para la supervivencia urbana: abrocharme los zapatos, andar en bicicleta y tomar micro. Lo de la cocina lo fui aprendiendo en el camino, mientras jugaba con masa de sopaipillas en el invierno como si fuera plasticina, o cuando miraba a mi mamá haciendo el almuerzo los domingos, intentando ayudarla con mis habilidades rudimentarias y mi motricidad fina en desarrollo. Pero jamás aprendí de mis padres eso de la relación tradicional entre hombres y mujeres, nunca vi la orden irrevocable con obediencia sumisa, tan común en las parejas de antaño. Tampoco presencié eso del hombre proveedor y la mujer dueña de casa; al contrario: siempre fue mi madre la trabajadora y mi padre, el guardián (cancerbero, en realidad) de mis tareas escolares.

Así las cosas, me cuesta entender que, en un contexto laboral supuestamente intelectual y moderno, donde las competencias profesionales de todos valen por igual, se haga diferencias sutiles de género. Sutiles, porque están arraigadas en las conductas de las personas y no se explicitan con mala intención. Eso no las hace menos terribles para esta receptora pseudo-feminista, obligada a agachar el moño ante algunos actos de amenaza a la imagen (negativa y positiva) perfectamente adecuados a un contexto jerárquico donde, pareciera, estoy cada vez más abajo, cada vez más cerca del paquete de cabritas.

Entonces, cuando alguien me pide un café mientras estoy ocupada en mis tareas profesionales, me parece anacrónico. Una cosa es que yo lo prepare para mí y les ofrezca a mis compañeros de trabajo una taza. Otra muy distinta es que se me interrumpa para solicitársemela. Al principio, no me molestó. Pensé que, en realidad, no me costaba nada y siempre es posible recibir las atenciones que prodiga uno que otro compañero, como la apertura de la puerta o la ayuda con los bolsos, de modo que se aplicaba la lógica del “hoy por ti, mañana por mí”, seguimos todos amigos y seguimos siendo iguales. Pero no. Aquí viene la sorpresa que me desarmó el mono. Cuando le llevo la taza de café a mi compañero, me pregunta, molesto, por qué no le corté el café. Respondí que no había leche y él, frustrado, se levanta de la silla a buscar algún tipo de sucedáneo lácteo que se había acabado meses atrás, como si yo fuera la culpable de su malestar y, peor aun, ¡como si no hubiese hecho bien mi trabajo! “Bueno” -pensé. “En mi contrato no está especificado que tengo que servir café, así que no tengo por qué aguantar esta pataleta, harto básica por lo demás”. Pero mi consuelo mental no sirvió de mucho. Relato este hecho porque fue la gota que rebalsó mi vaso feminista. Hubo también otras actitudes marcadamente sexistas por parte de otros integrantes del grupo laboral del terror; de hecho, esta fue la más trivial (y por eso la cuento acá). Lo complejo es que otras personas también notaron el sesgo en el trato, pero siguió pasando desapercibido para quienes lo manifiestan. Es una lata que no lo noten, dado que, si no se percibe un problema, no hay forma de poder arreglarlo.

De todas maneras, hay otras actitudes de solidaridad y compañerismo que se agradecen mucho, y que jamás podría desdeñar. Tuve también una sorpresa grata de otro compañero de trabajo esta semana, que me sacudió algunos prejuicios sobre él que me rondaban en el lado poco amable del cerebro. Y, por lo demás, me agrada poder dialogar con gente que piensa tan distinto, sobre todo, respecto a temas políticos, porque, entre charla y charla, se puede ir conociendo a los otros y empatizando con ellos. Tampoco hace nada de mal compartir con personas con cursos académicos y profesionales radicalmente distintos al mío, dado que eso contribuye a la amplitud de miradas frente a la realidad.

Nótese que intento mirar el vaso medio lleno, porque aunque escribo y escribo, sigo perpleja ante el recuerdo de una boca prepotente que, con un gesto de molestia, preguntaba “¿Y por qué no me lo cortaste?”

 

Catarsis operática 24 Agosto 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 8:52 AM
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... los culpables del llanterío.

... los culpables del llanterío.

El sábado fuimos a la ópera. Cuando uno lo dice así, es como si se pusiese en la pará shúper intelectual, ashí como shúper wena onda, ashí como profeshionalesh jóvenesh con accesho a la culturash… pero, en realidad, no es así. Yo le digo a Pelao que es la mínima compensación que la Sra. Matte le hace a sus esclavos empleados, por la sobrecarga de trabajo el gran esfuerzo que realizan. Sea como sea,  es genial que nos lleguen, de chiripazo, ese tipo de regalos.

Yo siempre he sido llorona. Para quienes me conocen del cotidiano, eso puede sorprenderles (Pelao dice que la única persona que sabe que soy tiernucha es él… y lo creo). Más bien, siempre he sido una mamona alharaca con emociones incontrolables. Me río con ganas: si tengo un ataque de risa, río hasta las lágrimas y, si tengo ganas de llorar, lloro a moco tendido. Lo terrible de emocionarse así es que hay contextos donde uno no puede expresarse como corresponde. ¿Será que mi madre me metió mucho en la cabeza eso de ser siempre digna? No lo sé. Claramente, no lo he cumplido a cabalidad tampoco, pero hay ciertas cosas que reprimo en pos de salvaguardar la honra. Una de ellas es el llanto.

Estábamos el sábado en el Municipal y, como siempre me ocurre en la ópera, los museos, el cine y en el teatro, me emocioné hasta las lágrimas (¿por qué cresta todas las óperas son trágicas?). Sentía cómo el nudo en la garganta se iba convirtiendo en sollozo, y este, en lagrimeo a raudales, ¡pero no podía llorar en plena obra (y menos en público)! Así que aguanté estoicamente, mientras me corría la típica lágrima solitaria por una mejilla. Esa que, para la tele, es una imagen tan romántica, para mí era como el pedacito indiscreto que se me arrancó del cuerpo en el esfuerzo por controlar lo incontrolable.

Le apretaba la mano a Pelao y él, con una mirada de soslayo, se burlaba de mi incontinencia emocional. A mí no me cabe en la cabeza cómo es que nadie más llora en los momentos cruciales (de hecho, lo bueno del cine es que, con el “dolby surround” y la oscuridad, uno puede llorar todo lo que quiera, sonarse y verse ridícula, con los ojos hinchados y la cara de culo). Tampoco puedo entender cómo es que todos se levantan con su mejor sonrisa de las butacas, buscando y/o reencontrándose con las caras conocidas al encenderse la luz, después de haber roto el dramatismo de la ficción con aplausos incesantes cada vez que la música hace una pausa. Es como si asistir a un evento artístico fuese más un evento social… o sea, me dio la impresión de que lo importante no era ver la obra, sino que otras personas los vieran viendo la obra. Igual eso es una lata, porque nos encontramos, efectivamente, con gente conocida. Y creo que esa es, precisamente, la razón de mi aguante: el maquillaje corrido se lo reservo a mis amigos y a (algunos) parientes, pero a meros conocidos, ¡jamás! Así que, cuando me reencontré con la mirada conocida al concluir el reivindicativo tercer acto, fingí mi mejor sonrisa, al menos hasta que pudiera dar rienda suelta al llanterío, acompañada de un pucho y del abrazo cómplice de mi pobre Pelao, que aguanta todos mis arranques de sensibilidad cursilona.

 

Dos años y un día 11 Agosto 2009

Archivado en: Todo tiempo pasado — Karen @ 12:28 AM
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El 10 de agosto de 2007, Pelao estaba terminando el curso de conducción, yo estaba empezando a trabajar en el Rafael Sotomayor, vivíamos en la casa de mis papás, y hacíamos milagros para hacer caber un clóset y algunos muebles extra dentro de mi pieza, que era muy grande (hay que decirlo), pero pequeña para dos habitantes desordenados. Yo aún vivía el duelo de haber dejado a mis alumnos de La Pintana, Pelao y yo trabajábamos como ayudantes en la PUC y gozábamos del millonario sueldo de $240.000 (diríamos que $120.000 per cápita). Fonasa me salvaba el pellejo por las 5 sinusitis que tuve ese invierno, en Canal 13 aparecía la Karla Constant, Iván Valenzuela aún me caía bien (y no me parecía tan facho), y estaban dando Papi Ricky. Bachelet estaba tambaleando porque el Transantiago no tenía ningún acierto, yo pesaba 10 kilos menos y era soltera. Tenía la agenda de Maitena, llena de papeles; uno de ellos anunciaba una beca para profesores a la que no se me pasaba por la cabeza postular.

Ese día salí temprano de la universidad. Había dejado de lado algunas cosas de mi ayudantía (con permiso de mi entonces benevolente jefa), Pelao me había comprado una carterita de cuero y juntos habíamos escogido un chaleco artesanal que ahora tiene un hoyo en la axila. Me encaminé hacia el mall Florida Center, a comprar un par de panties y algo de maquillaje. Como no sabía qué usar, una vendedora de Almacenes París me orientó para escoger un rubor, polvos compactos y una sombra.

Había dejado un terno en la lavandería. Por una hora, debía matar el tiempo, de modo que, después de Almacenes París, visité el Feria Mix. En ese momento, leía “El perfume”, de Patrick Suskind. Nos encontraríamos con Pelao en el mall para ir a recoger el terno limpio. Cuando fuimos a buscarlo, no lo habían lavado aún, de modo que tuvimos que esperar un poco más. Estábamos atrasados, así que pagamos rápidamente, nos subimos al auto (que, en ese entonces, me tenía como única conductora), y corrimos hacia el departamento de mis papás.

Alcancé a hacerme un par de rulos con un fierro caliente. Los até en un medio moño. Me pinté la cara y los ojos, intentando verme lo más natural posible. Me puse el chaleco artesanal, Pelao se metió dentro del terno y, así como estábamos, encorbatados y encaramados en unos tacos, corrimos nuevamente hacia el auto. Eran las 18:45.

La hora peak nos hizo retrasarnos más de la cuenta. Ese día no podíamos llegar tarde. Esquivamos autos y un par de luces “naranjas”. Llegamos 10 minutos atrasados y nos aliviamos al percatarnos de que Claudio y la invitada más importante no llegarían a la hora tampoco.

La jueza del civil llegó a las 19:40. Todo empezó a las 19:45. A las 20:00, me decían, por primera vez, “señora”.

Felices 2 años y un día, mi amor.

 

Un golpe de suerte 7 Agosto 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 6:31 AM
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Estaba leyendo mi propio blog, recapitulando y pensando… cuando me percaté de que hace un buen rato que no “descanso” de problemas de salud ni de una mala racha que parece jamás terminar. Según las brujildas de mi familia, estas son puras malas vibras y, claro, puede ser. Si no, de qué otra forma me puedo explicar que el lunes me inundara; que el martes me cortaran la luz; y que ese mismo día por la noche, me quedara (nos quedáramos) en pana. Una hora más tarde, nos cerraron el curso de salsa por falta de cuórum y, cuando fuimos a nuestro restaurant favorito a olvidarnos del mal rato, nos dimos cuenta de que habían subido los precios (¡dos lucas por plato!), así que ya no lo podemos pagar. Todo mal.

Esta semana mejor cruzo la calle por la esquina y con luz verde, no paso debajo de ninguna escalera, evito los gatos negros y no me haría nada de mal pisar un pedazo de mierda en el parque. Y definitivamente haré un sahumerio, prenderé palo santo, incienso y velas, pero, por supuesto, todo eso estrictamente vigilado. No voy a andar tentando a la suerte.

 

 

 

¿¡Bailamos!? 31 Julio 2009

Archivado en: Vida de barrio — Karen @ 5:07 PM
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No sé por qué no había escrito que hace 5 meses que, con el Pelao, estamos tomando clases de salsa. A lo mejor me daba plancha contarlo, o tal vez se ha vuelto una parte tan natural de nuestra rutina que no valía la pena mencionarlo. Chistoso, igual, porque nos encanta ir a salsa. Y a pesar de lo que ustedes, lectores mal pensados, puedan creer, yo NO obligo a mi pobre marido a ir. Tampoco lo arrastro por el par de cuadras que separan nuestro depto del local de salsa. Increíble, pero cierto. Mi Pelao se ha vuelto un salsero.

Lo más divertido de este tipo de cosas es que uno jura que lo está haciendo bien, cuando, en realidad, uno se ve de lo más ridículo: mirando el suelo para no tropezarse, o las manos para no chocar… o haciendo cualquiera de esos movimientos involuntarios para salvaguardar la honra, aunque, en realidad, el efecto es rotundamente contrario. 

En todo caso, el hecho de que ahora podamos bailar un poquitín de salsa sin tropezarnos, fracturarnos, rodar por el suelo ni golpear a nadie, indica que cualquier mortal puede ir aprendiendo… incluso los más descordinados, o los menos “salseros tropicalones”, como nosotros. Vaya quiebre paradigmático.

 

Hombre blanco hacer fuego, mujer blanca vencer naturaleza 25 Julio 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 1:23 AM
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Hombre blanco sopla ramitaLas vacaciones de invierno fueron un completo fiasco. No solo fueron improductivas, sino que, además, estuve en cama prácticamente las dos esperadas semanas en que mi marido estaría en la casa. Todo mal. La gripe esa que no se había pasado en 10 días de antibióticos resultó ser A H1N1. Sí. Sobreviví a la porcina. ¡Y sin Tamiflú!, lo que me lleva a pensar que ese medicamento, efectivamente, es parte de un tremendo complot mundial en favor del laboratorio que lo fabrica. Vaya, vaya, cómo se manejan los intereses empresariales. Pero eso es harina de otro costal.

Hoy escribo para relatarles mi encuentro cercano con la naturaleza. Aquellos que me conocen podrán dar cuenta de mi preferencia por lo urbano. Como que la cosa del bichito, el abrazar al arbolito, bailar bajo la luna llena, bañarse en el agüita natural y toda la onda pachamama no va mucho conmigo. No porque sea una neurótica descontrolada amante de la cafeína y del frenesí de la ciudad (bueno, un poquito), sino principalmente porque soy tremendamente cómoda.

¡Fuego!Sí pues. Soy una cabra criá con leche ‘e tarro. Si quiero luz, me encanta que pueda disponer de ella al tocar un interruptor. Para pasar el frío, me gusta poder encender una estufa. Lamentablemente, mi hábitat usual, con todo lo cómodo que es, no es muy propicio para relajarse y sanar el alma después de tanta mala cueva. Así que mi amoroso marido reservó, a mis espaldas y como sorpresa, una noche en un santuario de la naturaleza, sin ruidos ni situaciones estresantes. Además, había sauna, masajes, acupuntura y todas esas cosas fantásticas para las que uno jamás tiene tiempo. 

La parte del relajo funcionó. Lo de la comodidad… no. La verdad es que me costó mucho entender cómo es que en un santuario de la naturaleza hay chimeneas a leña. Pero lo que más me complicó de ello fue que hace por lo menos 8 años que no encendía algo a leña. Mala cosa. Francamente, no me gustó pasar 30 minutos de mi vida soplando un palito, para que saliera una llamita que enciendiera más ramitas, para que prendiera un tronquito… después de bastante tiempo, desistí, y fue Pelao quien terminó de encender el fuego. Es divertido pensar en cómo se las arregló la primera comunidad humana que “tuvo” fuego. Como en el capítulo de Futurama donde se rebelan los robots, me vi diciendo cosas como “¡cuida el Hombre blanco vencer fuegofuego!”, frase que jamás parecería cuerda en mi contexto habitual. Ahí es cuando uno comienza a valorar las cosas que, generalmente, damos por sentado.

La naturaleza circundante era fantástica para volverse loca sacando fotos, pero, como saben, no soporto los animales con más de cuatro patas ni menos de dos. Así las cosas, intenté omitir la araña que me miraba desde el techo cada vez que iba al baño o la cosa negra asquerosa que estaba pegada en la ventana. Tampoco miré el suelo después de que hubiese cesado la lluvia. Pelao tuvo que revisar mis zapatos por si algo de naturaleza se hubiese introducido en ellos durante la noche buscando calor. Lo sé, soy una quisquillosa, pero me enorgullezco de decir que, a pesar de todas mis manías y preocupaciones por pequeñeces, sobreviví incólume a 24 horas de inmersión forzada en todo lo natural que nosotros, los humanoides urbanos, desconocemos, prejuciamos y, por ende, tememos. Yupi.

 

Nada nuevo bajo el sol 18 Julio 2009

Archivado en: De patio — Karen @ 12:31 AM
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Hace tiempo que no escribo. La verdad es que no lo he hecho porque, definitivamente, no hay nada extraordinario que contar. De hecho, ni siquiera hay hechos cotidianos que se puedan disfrazar de extraordinarios… nada. Así que aquí va lo fome: sigo en cama. Bueno, casi. Me levanto, pero la gripe no ha cedido en más de 10 días. Llamé al médico, pero es increíble el poder de las secretarias: o no contestaba, o estaba ocupado. Eso me hace pensar que, si estoy grave algún día, mi salvación dependerá de quien conteste (o no) el teléfono.

Dado el exceso de cosas asquerosas acumuladas en mi cabeza, aún no puedo pensar normalmente. Tonta-tonta no estoy, pero siento la cabeza como un globo y se me tapan los oídos, así que, en el pitido que rodea mis pensamientos, tiendo a perder el hilo. Eso me ha hecho cometer errores idiotas. Por ejemplo, llegué a ENAC con notas que no correspondían… mal. Las pobres alumnas tenían nada de culpa respecto a mi gripe, pero tuvieron que pasar el mal rato igual.

El resto del tiempo lo he pasado poniendo cosas en mi granjita de Facebook (sin comentarios), y catalogando mails. Fome. Muy fome. He visto mucha tele. Creo que la Katherine (¿o Catherine?) Orellana me caía mejor cuando estaba gordísima… como que la culpa, la vanidad y el pudor que vienen con la pérdida de peso hacen que la gente se ponga menos alegre. Y cómo no, con lo que cuesta dejar algo que a uno le gusta mucho. Yo dejé de fumar. Oh, sorpresa. Obviamente, no pretendo dejarlo definitivamente, pero, como estoy con gripe, hace 10 días que no fumo. Por supuesto, me he comido todo lo que he encontrado. A veces pienso que mi gato se convertirá en una chuleta, como en el Correcaminos o en los Picapiedras. Cuento corto: mi cara y mi cuerpo están más grandes y más redondos. Así que ahora masco mucho chicle. Soy una vil rumiante.

Como ven, las cosas han estado en un limbo estático hace rato. Espero que esta semana venga un poquito más movida, por último, para tener sensación de vacaciones, y no de cuarentena.